Quizás una propuesta compleja, debatida y desafiante pocas
veces abordada y defendida por la ensayística contemporánea
latinoamericana es aquella que afirma que,
pese a su peculiar naturaleza, el discurso
poético lírico es capaz de desplegar poder de solidaridad
y a la vez de persuasión. Es que,
aún traspasando las normas del discurso racional y de la
comunicación ordinaria y pese a todos los problemas hermenéuticos,
incluyendo los lingüísticos, mediando en toda lectura
de textos literarios, esta palabra es un medio de comunicación
eficaz; de esa cuenta, ella es capaz de producir en el lector
un efecto estético de solidaridad y persuasión.
Como alguien ha sugerido, habría que preguntarse hasta
qué punto el infortunio de nuestros pueblos se debe también
al hecho de marginar esta palabra como si toda ella fuese arte
irrelevante y elitista, es decir, sin peso contextual y destinada
a unos pocos.
Con
el fin de contribuir al debate hermenéutico filosófico
literario especialmente latinoamericano, mi propósito esencial
es proponer, breve y superficialmente, que el discurso poético
lírico es capaz de desplegar poder de solidaridad y de
persuasión. En la primera parte, discuto y propongo el
poder de relevancia que esta palabra debiera tener; en la segunda,
el papel que debiera jugar; en la tercera y final, exploro el
modo cómo ella desplegaría ese poder.
Debo
subrayar la naturaleza esencial de mi propuesta. Además
de breve y superficial, ella es filosófica y pragmática;
esto significa que su énfasis está en el ser-en-sí,
o en la esencia misma de la poesía: lo que ella debiera
ser, pero también la utilidad que debiera tener más
allá de su efecto lírico, en un subcontinente como
el nuestro.
El discurso poético: ¿Discurso relevante o una “hermosísima
mentira”?
Hay quienes consideran que la poesía lírica es un
discurso que no puede tener como objetivo el poseer relevancia
ni poder contextual. Entre otros, el poeta francés Felipe
Juaristi es de esa opinión:
La
poesía [lírica] no puede cambiar el tiempo ni
puede cambiar el mundo. Nunca ha estado en su mano tal objetivo,
tan loado y cantado por los poetas llamados “sociales”, porque
la poesía se dirige al individuo y a su mayor tesoro,
que es el corazón. La poesía no es una medicina
que sane al mundo de los males que le aquejan, que son muchos,
variados y, desgraciadamente, de difícil solución,
pero sí puede ayudar a la regeneración moral de
la sociedad.
Contrariamente, de entrada, opino que, de algún modo, al
no estar separada totalmente de la realidad —aquella que está
frente al texto y a su artista: la contextual— ella debiera ser
un reflejo mimético de ésta y, como tal, un arte
que implica sensibilidad social. Esto sin necesariamente volverse
un discurso político panfletario, vulnerable de sospecha
y múltiples etiquetas, ni dejando de ser lo que, según
mi opinión, debiera ser de fondo: arte eminentemente lingüístico
que expresa la habilidad de su creador en el uso y manejo de la
palabra. En el mundo occidental, la poesía
en algún momento reflejó esa realidad, pero su contribución
“revolucionaria”, aunque le valió la etiqueta de “compromiso
social”, pocas veces tuvo el espacio y el peso que debiera tener
sobre todo en los círculos de poder.
Según
la poeta guatemalteca, premio nacional de literatura 1996, Margarita
Carrera, la escasez y el freno actual de la sensibilidad artística
creadora, y la desvalorización a la que, en estos últimos
años, ha estado sometida la poesía, se deben no
sólo al hecho de considerarse al poeta como alguien quien
tiene poco que aportar, sino también a la ideología
económica y al pragmatismo de la cultura actual. En sus
propias palabras:
Como
el verdor de los campos, el poeta empieza a escasear en el planeta
Tierra. Moralistas, políticos, ejecutivos, religiosos
(todos en un mismo saco) lo desprecian. No lo toman en cuenta.
Pasan a su lado sin reconocerlo. Se burlan de lo que escribe:
poesía. Si eso ya está pasado de moda... Las universidades
están repletas de jóvenes cuyo éxito está
en hacer dinero. Es así que ofrecen infinidad de carreras
universitarias relacionadas con el mundo económico. Domina
la praxis, las humanidades casi desaparecen. No se toma en cuenta
la sensibilidad artística... creadora de los educandos.
Carrera
exagera y generaliza excesivamente. Pero su denuncia sigue aún
vigente en un contexto cada vez más dominado por la globalización,
resultado del progreso tecnológico y del dominio de la
economía neoliberal. En un contexto
así, ¿tienen algún lugar la literatura y
quienes la escriben? ¿Lo tiene la poesía cuando
muchas veces los mismos creadores evadimos el fermento social
que podría desplegar, o cuando sus lectores suelen pasar
por alto la capacidad de visionarios que tienen sus valientes
escritores, quienes deciden mostrar su producto al mundo, aunque
su valor difiera en naturaleza a los que aparecen en el "mercado"?
¿Qué poder cuando no siempre se afina el oído
para escuchar la transposición que el poeta hace de la
realidad externa en su obra? O tal vez, con Hans-Georg
Gadamer, nos debiéramos preguntar: “¿Tienen
aún los poetas un cometido en nuestra civilización?
¿Hay espacio para ellos y su producto en una época
en la que se siente por doquier la inquietud social y el malestar
producido por la masificación anónima y en la que
puede reivindicarse la recuperación o la nueva justificación
de la solidaridad? ¿Puede existir y legarse a la posteridad
un firme y perenne discurso poético universal en un mundo
continuamente en evolución?” Sin lugar a dudas, el/la poeta
y su discurso tendrán que, con mayor énfasis, lidiar
en el futuro inmediato con estas y otras interrogantes; tendrán
que hacerlo también con las concepciones burguesas de la
literatura que, con base a una ideología de clase que defiende
el arte por el arte, pontifican sobre lo que es buena o mala literatura.
En el fondo de toda esta discusión, la relevancia o no
del discurso poético es determinante.
El
discurso poético “puro” puede abstraerse de la realidad
concreta y, así, constituirse en un simple “artefacto
artístico”. El "relevante", en cambio, no
puede ni quiere, pues el tiempo y la historia real lo atrapan
y lo apremian a establecer una fusión indisoluble entre
ellos y su creador/a, y hacer poderosos y persuasivos conjuros
y llamados a la reflexión con lenguaje discreto. Aunque
cada género y corriente literaria contextual tiende a captar
y reflejar la realidad desde una sólo perspectiva,
es en la literatura que ha sido y es solidaria con la historia
donde lógicamente la realidad aparece más profundamente
ligada a la palabra. Es ella la que posiblemente
exige mayor esfuerzo para afinar el oído y captar así
la transposición que el poeta hace de esa realidad; es
ella, además, la que, en suma, conseguiría el efecto
deseado: introducir a sus lectores a una dimensión de experiencia
contextual semejante a la suya. Aun siendo Mario Vargas Llosa
un novelista, es elocuente su testimonio respecto a las consecuencias
de este efecto en los lectores:
Creo que toda la buena literatura que he leído... me
ha enriquecido extraordinariamente la experiencia de la realidad.
Me ha hecho mucho más sensible a lo que es la vida con
todos sus matices, con toda su complejidad. También con
todos sus reveses; al mismo tiempo la literatura creo que me
ha enriquecido la capacidad de goce. La literatura ha hecho
de mí una persona infinitamente más apta para
amar... Y hay otro aspecto...para mí la literatura es
una experiencia impagable... Esa debería ser la mayor
razón para promover la literatura; la infinita felicidad
que puede deparar a un lector un buen libro.
Por
eso es que, para Vargas Llosa, el fin de la literatura no es tanto
entretener ni ser un juego del espíritu, un malabarismo
intelectual o un espectáculo, sino producir un efecto de
"concientización" movilizadora. En sus propias
palabras:
Es
evidente que la experiencia de leer La guerra y la paz
o novelas equivalentes produce un cambio en nosotros, no solamente
como lectores sino como seres humanos, como ciudadanos. Algo
que no sabíamos ha llegado hasta nosotros gracias a esa
experiencia. Y, si ha sido así, si esa experiencia ha
enriquecido nuestra sensibilidad, nuestra conciencia, nos ha
hecho más capaces, por lo menos de comprender aquello
que ocurre en torno, en el mundo social del que formamos parte,
entonces esa literatura es algo más que entretenimiento;
a través de nuestra conducta de lectores afectados por
esa experiencia se convierte en una forma de acción.
En
esta misma línea de pensamiento, el poeta ecuatoriano Eduardo
Calero Jaramillo opina que la literatura en general ha tenido
siempre un papel protagónico a través de la historia.
La razón de este protagonismo, según Calero Jaramillo,
es porque con ella “se ha iniciado la búsqueda de la libertad,
del dar un sentido a la historia, de racionalizar los absurdos,
de construir un mundo [mejor ] para los hombres, de afirmar y
cuestionar la realidad, de estrenar discursos sobre nosotros mismos”.
Entonces agrega:
Tanto
la historia, las demás ciencias sociales, y el arte pretenden
comprender a la realidad y al hombre: para las ciencias sociales
son las leyes de la sociedad el objeto de su estudio, mientras
que el arte se caracteriza por representar al hombre en el conjunto
de sus relaciones y de los diversos aspectos de su vida, y si
Marx consideraba que “la tarea primordial de la filosofía
al servicio de la historia, consiste -después de haber
sido desenmascarada la santa imagen de la autoalienación
humana- en denunciar la autoalienación de sus imágenes
no santas” ¿no radica en lo mismo la misión del
arte, y más concretamente de la literatura?...
El
rol del discurso poético
Ciertamente, aunque el discurso poético lírico clásico
—aquel que, aun siendo un producto del pasado, tiene valor perenne—
y el contemporáneo contextual puedan cautivar y persuadir
a sus lectores, tienen sus limitaciones. Su visión de la
realidad sigue siendo imperfecta y hasta ilusoria o ficticia;
además, de modo alguno puede demostrar que su poder haya,
por lo menos, transformado la visión y vida de sus lectores
y, a través de ellos, la realidad concreta.
Pero, por eso, ¿se debe reducir hoy en día este
discurso a experiencia ego- íntima? ¿No puede conscientizar,
desmitificar, desacralizar y renovar su lenguaje de tal manera
que pueda, como en otrora, dar espacio a nuevos temas basados
sobre la realidad concreta, a fin de iluminar el presente y lanzarnos
a retomar nuestro papel?
Si
quisiera recobrar hoy su relevancia y poder, el discurso poético
lírico no puede ni debe reducirse solamente a ego-intimidad
ni a belleza estética. Su intención no puede ni
debe ser sólo deleitar estéticamente. ¿Podría
así sobrevivir en una sociedad donde los medios masivos
de comunicación ofrecen tantas otras maneras menos exigentes
de divertir y apartar a las personas de la rutina cotidiana, mientras
los escritores seguimos escribiendo para un público anónimo?
En su afán de relevancia y despliegue de poder tampoco
debe, como ya lo he dicho repetidas veces, reducirse a lo contrario:
discurso profético-político ni didáctico.
De caer en esta reducción, dejaría de ser literatura
para convertirse en un discurso excesivamente racional que, entre
otras cosas, poco o nada canta e incentiva la imaginación
de sus lectores.
Vargas
Llosa ha argumentado que la literatura es el mejor antídoto
que la civilización ha inventado frente al conformismo.
Por eso, arguye este autor, ella debe esforzarse por demostrar
este perfil no con argumentos políticos o poema políticos,
sino literariamente: enfrentando a los lectores a mundos donde,
a diferencia del real, los actos parecen explicados por las motivaciones
y por las raíces intelectuales y sentimentales que están
detrás de las conductas de los ciudadanos; de este modo,
continúa Vargas Llosa, se provee a los lectores una visión
totalizadora de la vida, una visión difícil de alcanzar
cuando se es parte de ella porque al estar constantemente haciéndose,
deshaciéndose y rehaciéndose nos priva de objetividad
para juzgarla cabalmente. Así que
en todo este efecto, el lirismo y la belleza literaria juegan
un papel fundamental porque son las que en última instancia
dan a la literatura su independencia, identidad y autenticidad,
y porque nos enfrentan a lo acabado y abarcable con el conocimiento
y la conciencia de una visión esférica que jamás
llegamos a tener.
Si
el discurso poético moderno ha demostrado un balance asombroso
en su propósito de perseguir la plena integración
[¿humanización?] del hombre, ya que no hay nada
pítico [¿?] y puramente estético en esta
poesía, ¿no debiera el discurso
poético lírico también hacer algo igual?
¿No debiera trabar suprema alianza con la belleza estética,
sin hacer de ella su único fin ni su único alimento?
Así, la imaginación artística y profética-contextual
vendrían a ser vasos comunicantes; así también
la belleza estética y la realidad concreta no seguirían
siendo necesariamente adversos o antagónicos ni ajenos
el uno al otro, sino que se conjugarían no en enfrentamiento,
sino en comunión. De esa cuenta, en el/la poeta y su producto
desaparecería la dicotomía entre creación
literatura y realidad, evidente cuando una obra parece alejarse
de lo humano y volar hacia una trascendencia metafísica,
o cuando se reduce a una ego-intimidad tal que la realidad concreta
desaparece.
Aunque los poetas saben y aceptan que el mundo ideal está
fuera del alcance de los logros humanos, ellos jamás renunciarían
a soñar las utopías fundadas en la esperanza real
y posible de un mundo mejor; el/la auténtico/a poeta sabe
no solamente soñar con el mundo que debiera existir, sino
también descubrir el genio recóndito de las palabras
y construir con el mismo un discreto ritual de conjuro.
Mantener aún la dicotomía entre literatura y realidad
conlleva el peligro de encerrarse cómodamente en una torre
de marfil, produciendo “hermosísimas mentiras” o discursos
light controlado por un sujeto lírico excesivamente
audible; peor aún, conlleva el peligro
de convertirse en cómplice de un mundo que golpea y nos
golpea.
Es
aceptado que el escritor en general debe poseer una amplia visión
de la realidad universal. Es aceptado también que no debe
permanecer al margen de la dura realidad social que gravita sobre
él y lo afecta. Es aceptado, además,
que la poesía es un producto social e histórico,
una manifestación de la imaginación creativa, la
experiencia y la sensibilidad y, por lo tanto, un referente para
entender nuestra realidad.
Negar
la relación entre sociedad y poesía sería
un error grave como lo es el negar la relación entre la
vida del escritor y su obra. Por eso es
que el discurso poético lírico contemporáneo,
cualquiera sea su corriente, debiera ser
un producto artístico que no renuncia ni reniega del lirismo
emotivo, volitivo y patético donde el lenguaje se presente
en la luminosidad de su desnudez inicial ajena al vestuario convencional
fijado de antemano; también debiera ser un medio idóneo
capaz de incursionar en los espacios de poder y envolverlos en
una atmósfera encantada y encenderles la llama de la solidaridad,
la imaginación y alguna forma de ideal.
El
discurso poético lírico debiera constituirse, me
atrevo a opinar, en un género cada vez más humano
que de cuenta de la imperfección humana en su propia esencia
y donde también aparezca el individuo y su contexto en
el cual se nace, crece, desarrolla y muere. En otras palabras,
la lírica debe afirmarse en lo que realmente es: la memoria
y conciencia viva y colectiva de los pueblos, pensamiento y acción
a favor de los mismos. Un discurso poético en el que no
aparece la realidad y el amor traducido en solidaridad cae en
la irrelevancia y parcialidad. Lo natural, entonces, es que el
lector lo lea con "sospecha".
No
en vano el poeta nicaragüense Pablo Antonio
Cuadra, una de las voces poéticas contemporáneas
más recias de América Latina, propone que ante la
dura realidad que azota es un reto de los escritores latinoamericanos
ser la conciencia de su tiempo, y contribuir a “hacer asequible
el destino de América a la multitud...”. Solamente así,
continúa Cuadra, se podrá evitar el negro futuro
que se cierne sobre América Latina, agobiada por la retórica,
la pobreza y la violencia; y solamente así podrá
existir en ella el progreso, ya que sin filantropía no
hay cultura ni civilización, pues las civilizaciones egoístas
mueren.
Asimismo
para Cuadra “la gran lucha del siglo es la lucha que la lengua
ha de emprender contra el poder. Por medio de la palabra, el poeta
ha de consagrar otra vez lo real devolviendo a las palabras su
sorpresa, su magia, su poderío”.
Es que, según el poeta venezolano Pablo
Mora, parte de la misión de la poesía, “en un
mundo reducido cada vez por la maquinización y sus falsías
es también contribuir a la rebelión colectiva...La
injusticia social, es entre todos, el peor de los males humanos,
puesto que permite reinar a la muerte. La poesía, como
se sabe, es el reino de la vida...La verdadera poesía,
escribió Eluard, no se puede vincular con lo que declina
y muere”.
De ahí que ellos, los poetas contextuales, les gustarían
ser profetas y quizás mártires, porque están
ligados al acontecer histórico concreto, ya que nada del
drama de su tiempo les es ajeno ni extraño, aún
en aquellos que intentan tal cosa. Ellos son artistas contextualizados.
Ellos saben traer a la poesía el pensamiento. Ellos son
los mejores filósofos. Y, algo fundamental, ellos han de
querer contribuir a devolver a los individuos su humanidad plena,
oponiendo a lo seco de la deshumanización, lo húmedo
de su amor y solidaridad porque, en suma, no pasan por alto la
importancia que tiene el grado de conciencia y responsabilidad
con que el intelectual desempeña su papel en el quehacer
cultural. Conciencia de que la esencial relevancia de la cultura,
donde se encarnan los valores y comportamientos de la gente, es
la de ser un resultado y un factor del progreso hacia una vida
digna a la que todos tenemos derechos, aunque a los ojos de la
actual cosmovisión cultural posmoderna este intento no
sea más que otro delirio en descrédito cada vez
mayor; responsabilidad en no evadir los
problemas sociales y en participar en la lucha que exige su tiempo.
Por eso, “en una u otra forma, nos convence de que en su boca
está la llama sagrada, el verbo que hace que el humano
sea eso: humano. Nos contagia con su indignación e ira
por las infinitas injusticias que se dan en el plano de lo social
”.
Aunque
en la actual coyuntura el discurso poético, sobre todo
aquel que se esfuerza por encarnar una voz colectiva, a menudo
no recibe honores, su poder y relevancia es fundamental.
Esto es así porque sus estrategias y su lenguaje buscan
construir no una “hermosísima mentira”, sino una palabra
que puede hacer de ella un signo presente o un grito discreto
cargado de esperanza. El resultado es un producto resistente,
deconstructor y humanizador por su fuerza, eficacia y discreción.
Por ello es importante que el discurso literario en general, incluyendo
el poético, se acerque, dialogue y combine dialécticamente
con la realidad, sin renunciar a lo que es y con un conocimiento
cabal de sus propios límites.
El
poder de relevancia y el poder en sí del discurso poético
lírico está en eso: en ser, en suma, no un simple
discurso político panfletario-ideológico, sino una
clamorosa sinfonía lírica; en esta sinfonía,
el lenguaje se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial
ajena a todo vestuario convencional para chorrear gotas de inconformidad,
solidaridad y humanidad que, a los oídos del lector agudo,
evoluciona callada y audiblemente en discurso poético universal.
¿No es a ser esta clase de discurso a lo que la poesía
siempre ha aspirado? Una palabra donde no existen límites,
localidades, yo privilegiado ni genio ni “dioses”; una palabra
que sabe generar una mayor “simpatía” y "empatía"
en sus lectores, a quienes no hace más que tenderles humilde
y vulnerablemente su mano para persuadirlos, involucrarlos y conducirlos
más allá del horizonte de lo falso, inhumano y,
quién sabe, de la misma muerte en vida. Una palabra, que
al final de cuentas, es pensamiento y es acción, que justifica
la existencia de sus creadores. Argumenta la hermenéutica
filosófica que una obra de arte culmina en ejecución,
porque comprenderla no es un comportamiento subjetivo, sino un
ganar participación. El/la lector/a encuentra en el oírla
y comprenderla su punto de partida, pues al interrogarla es a
la vez interrogado/a por ella; se da, entonces, un diálogo
dialéctico que culmina en comprensión y, algo más
importante, en acción, al fusionarse el horizonte de ambos
dialogantes.
Es
conveniente ahora demostrar, hermenéutica y exegéticamente,
cómo el discurso poético lírico despliega
poder de solidaridad y persuasión.
El poder del discurso poético: Hermenéutica, lenguaje
y estrategias
Según algunas de las nuevas tendencias hermenéuticas
filosóficas, el poder de una obra literaria se agota en
el diálogo y vínculo que ella propicia con su lector
activo. La obra, según estas tendencias, es un artefacto
verbal semánticamente autónomo de la historia, del
tiempo y circunstancias de su composición, de la cultura
y de la intención de su autor; de esa cuenta, la experiencia
estética ve la “verdad” en su propio objeto artístico,
la obra, independientemente de cualquier otra relación
que no sea esta experiencia. Así, al lector y a la lectora
no le queda otra tarea sino la de construir, deconstruir y reconstruir
permanentemente el sentido de la obra, sin llegar quizás
nunca a tener un control total sobre el mismo.
Estas
nuevas tendencias se justifican. La literatura es un acto de comunicación
entre el autor, el texto y el lector. En este acto de comunicación,
el texto es el terreno en que se dan la cita y el canal por medio
del cual el autor envía su mensaje; los lectores y lectoras
son a la vez una fuerza no sólo activa, sino también
positiva y decisiva (aunque no única) en el proceso y experiencia
de lectura, ya que, quiérase o no, la práctica indica
que la interpretación siempre comienza y termina con la
presencia de ellos/as. Sin embargo, a mi modo de ver, estas tendencias
poseen algunas debilidades.
Una
de ellas es que tienden a pasar por alto la relación existente
entre el “mundo” —la realidad total subyacente— del texto y la
realidad concreta. En este sentido, se tiende a nublar la realidad
que subyace tanto detrás —en el “mundo”— como en frente
del texto —la realidad histórica del autor—. Discutiendo
cómo los textos literarios clásicos, aún
siendo un producto del pasado, trascienden su contexto para iluminar
el presente, cautivar e informar al lector contemporáneo,
Hans-Georg Gadamer arguye: “Nuestra comprensión
siempre incluye una conciencia de que formamos parte de ese mundo
[el de la obra literaria], y correlativamente, que la obra pertenece
también a nuestro mundo [realidad concreta]”. El mundo
de una obra literaria contemporánea guarda también
relación estrecha con el externo, la realidad concreta.
Este efecto mimético —que es, en alguna medida, quiérase
o no, una actividad creadora del intérprete— es la razón
principal por la cual ella impacta y persuade; pero es también
la razón por la cual ofrece a sus lectores y lectoras nuevos
lentes para leer su realidad y hace de ellos y ellas ciudadanos
más sensibles, alertas y críticos.
Otra
debilidad de las nuevas tendencias hermenéuticas filosóficas
es que tienden a nublar la importancia del autor y su mensaje
o ideología original. Esta tendencia
es mayor cuando, con base a la suposición de la autonomía
semántica de la obra y la denominada “falacia de la intención”
—o, lo que es igual, autonomía del lector que le da la
licencia para recrear a su antojo, según sus horizontes,
el mensaje o ideología impresa en el texto—, se privilegia
excesivamente la belleza estética del texto y el papel
del lector. Así olvida, por lo menos, tres cosas importantes.
La
primera, que el proceso hermenéutico de lectura es dialogal:
el lector o la lectora dialoga con el texto y su autor. Este “triálogo”
mancomunado y dialéctico abierto supone un “acuerdo” entre
lo que dice el autor y, según su reacción, lo que
piensa el lector o lectora; finalmente, este “triálogo”
supone una fusión de horizontes que no es sino la “comprensión”
entre estos tres interlocutores —el autor, texto y lector. La
segunda, que el significado del texto es dependiente también
del acto mismo de comprensión. Y la tercera, que los lectores
deben ser “ideal” lectores, poseyendo ciertos atributos como una
respetuosa sensibilidad por la intención del autor.
Privilegiar
la belleza estética y el lector conlleva una consecuencia
fundamental compleja y debatida: se deshistoriza el texto, se
vacía la interpretación de todos sus tesoros —límites,
propósitos— y se abre las puertas a una infinidad de sentidos,
frecuentemente divergentes los unos con los otros y, en el peor
de los casos, arbitrarios en relación con la intención
original de su autor, la cual merece respeto, ya que el texto
todavía le pertenece. Es cierto que es casi imposible evitar
las variadas y divergentes interpretaciones de un texto; es cierto
también que la polisemia del lenguaje literario puede inducir
a ello, ya que normalmente éste rompe con el sentido convencional
de los términos, que solamente los oídos afinados
podrían oír. Es por eso que, en la lectura de un
texto literario, se hace necesario el uso de una hermenéutica
centrada tanto en el/la lector/a como en el autor y en el texto,
y que permita ver en este último un impulso no sólo
estético-literario, sino también histórico
o referencial e ideológico. Así,
es mi opinión, habría menos riesgo de reducirlo
ya sea a literatura pura sin ideas, o a uno excesivamente contextual
o, en el peor de los casos, panfletario. Así también
habría mayor posibilidad de controlar nuestra subjetividad
y permitirle al texto hablar libremente.
La
verdad es que, por varias otras razones,
aun aplicando la hermenéutica anterior, el aprehender exacta
y totalmente el sentido original de un texto y de un modo totalmente
objetivo es una tarea no ilusoria, sino desafiante, cuyos resultados
serán siempre limitados. Con todo, contra la opinión
deconstructivista, si se quiere entender algo de un texto, se
requiere no sólo de una hermenéutica centrada también
en éste, sino también que el “ideal” lector tenga
alguna destreza literaria. Si bien para
algunos la tarea interpretativa, y aún composicional, es
un acto creativo, libre de un sometimiento a cánones racionales
y rígidos, no se puede negar que una atención cuidadosa
al "cómo"—poética, es decir, estrategias
artísticas literarias— guía al "qué"
—mundo y mensaje— del texto. Esta hermenéutica, finalmente,
permitiría movernos de la poética a la interpretación
y al poder del texto.
Intentaré
ahora, aún con riesgos, hacer, con
base a la anterior hermenéutica, desmitificadora y reveladora
de los símbolos y de la experiencia humana subyacentes
en el texto, una breve y limitada lectura de un pequeño
texto poético. El texto nos introduce a su alucinante “mundo”
y, por ende, a la realidad histórica concreta de su autor
o, por lo menos, a un reflejo de ella. Antes de leerlo, conviene
ver, a nivel de técnica, la estructura general del corpus
al cual pertenece que es la Antología Signo xxi.
Esta
antología consta de tres partes. La primera y la segunda,
describen algunos signos en el umbral del nuevo milenio, y la
tercera los resume con plenitud de luz, vida, esperanza y sabor
universal. Todo este conjunto de poemas le habla al lector en
dos niveles bien definidos y relacionados el uno con el otro;
el primero es su alma sensitiva: lo dicho y lo no
dicho, donde la sensibilidad, adquirida en ese peregrinaje
por los paisajes de la vida, se adhiere al lenguaje, a fin de
deconstruir, conmocionar, movilizar y evocar otras realidades
diferentes de la existente; el segundo nivel, su alma intelectiva:
la técnica que, en complicidad con el lenguaje, procura
los efectos anteriores. Nuestro texto será analizado limitadamente
con base a estos dos niveles. Helo aquí:
Perfume salvaje
| Perfume
que
huele
de arriba
|
post-modern
hedor
¿No
es al que hiedes
de pies |
|
a
bajo |
a cabeza
|
a
esencia salvaje
de prado
solo |
en
cada paso
ya en
tus huesos? |
de
solo
s
o
l
o: |
|
Lenguaje
y estrategias
Este texto es lírico por excelencia. Aunque el “yo” es
un recurso discreto, respira y transpira una experiencia personal
que, a través de su técnica y lenguaje, evoluciona
hasta convertirse en una voz colectiva universal. El sujeto lírico
maneja un alto nivel de expresión poética saturada
de simbolismos, deconstrucción y sueño utópico.
Todo ello con base a su propio punto de vista ideológico
y temporal. El lenguaje y la técnica
son reveladores. Estos, en el mundo del texto, evidencian no solamente
la tensión existente entre "esencia salvaje"
y "post-modern hedor", sino también
la consecuente deconstrucción de la realidad concreta y,
por ende, la evocación de otra(s).
A
nivel de lenguaje, es de notarse en el texto la transformación
semántica, cuyo resultado desencantará los simbolismos
usados —que disimulan y revelan— y, sobre todo, cualquier idea
romántica que su título pueda evocar. La transformación
de "perfume" a "esencia salvaje" y luego a
"hedor" (perfume> esencia> hedor) es central en
el texto, que más allá de su nivel semántico
produce en el lector un efecto de ironía sutil: no es perfume
alguno, sino hedor lo que atraviesa todo: de arriba a bajo y de
fuera a dentro (en los pasos y en los huesos); este hedor es salvaje
y posmoderno (post-modern) en el sentido, podría
decirse, más cruento de los términos.
Este
hedor es salvaje no por estar libre sensibilidad y civilización,
que sería el sentido romántico, sino por destructor
y desgarrador. Es posmoderno no sólo por estar saturado
de cultura globalizada, sino también,
por el mismo hecho, por propiciar el individualismo, una especie
de mortífera maquinización, masificación
y deshumanización, a todo lo cual huele el mismo contexto
urbano al estar atravesado a tal punto que queda descarnado.
A
nivel de técnica hay que notar la estructura lingüística
del texto que, apoyada por la musicalidad o nivel fónico
(ritmo, cadencia y acento), es reveladora.
El modo en que se cortan y colocan los versos produce un especial
efecto lírico y satura al texto de una de sentido; otorga
una independencia ácida a cada uno que va a revertirse
en el siguiente; después del quinto verso, la partición
de las palabras libera una pluralidad de sentido: "de prado
solo" suena al oído del lector a "depredo solo"
, y el "de solo" evoca el verbo "desolar".
A
la estrategia anterior habría que añadir la disgregación
del término "solo" (octavo verso), por lo cual
cada letra se queda también sola, produciendo una operación
sonora de transformación del lenguaje, que finalmente permite
la traducción siguiente: perfume /esencia salvaje = post-modern
hedor. El tema de la soledad o, mejor, el perfume o el hedor de
la soledad se conjuga, entonces, con la depredación y desolación,
reinantes en la cultura posmoderna urbana. La pregunta retórica
del sujeto lírico, hecha con base a lo que se contempla
en las calles de nuestras megaciudades, patentiza la universalidad
de este hedor, depredación y desolación.
A
estas alturas del análisis, al lector le queda claro no
solamente la idea detrás del simbolismo que controla el
texto, sino también el mundo subyacente del texto y el
punto de vista ideológico que lo satura. El/la lector/a
(incluido/a, por ejemplo, en el verbo "heder" conjugado
en segunda persona del singular-"hiedes"), el interpelado
que está ahí con el sujeto lírico que habla
y que se convierte en cada uno de nosotros, percibe y experimenta
también la deconstrucción y la evocación
de otra(s) realidad(es) diferente(s) a la(s) existente(s), realizadas
con discreción.
El mundo y el poder del texto
El
mundo interno del texto está relacionado con el referente,
es decir, el mundo real, la sociedad o el tiempo histórico
el poeta. En éste reverbera una inconformidad, indignación
y lucha contra la desolación y anomia que atestigua el
urbanismo en general. Es el punto de vista ideológico del
poeta y de su texto, que transpira solidaridad e intenta recrear
su realidad o, en su defecto, sin evasión alguna, evocar
otra(s) en idilio con lo sublime, es decir, la vida plena y repleta
de solidaridad y fraternidad que la globalización actual
hiere, angustia o asfixia. Así, pues, es también
deconstruida la paradoja de esta globalización, que es
la de colocarnos el mundo a nuestro alcance, pero tornarnos a
la vez inaccesibles al otro.
El
poder y relevancia del discurso poético quedan así
sintetizados en nuestro texto: ella parte de un descontento o
indignación solidaria con la realidad, y de un deseo de
recrearla. Si bien no logrará tales cosas insofacto,
con su lenguaje, técnica y efectos concientiza al lector,
fermento fundamental para el cambio y la esperanza. De modo que
corolariamente nos hace ver lo que también es la poesía:
sensibilidad, solidaridad, descontento, denuncia y deconstrucción
en pro de un nuevo Edén. Es su poder desplegado en voz
baja, susurro o discreción, con uno corolario: a) concientización
y, quizás, movilización, fruto de haber oído
y entendido lo que le poeta susurra, y b) conversión en
voz colectiva universal, a lo cual la poesía siempre ha
aspirado.
Los
poetas y las poetas, entonces, hablan relevantemente, aunque en
algunos casos en voz o tono bajo o discreto. Por eso, hay todavía
un lugar para ellos y ellas y su producto en la realidad cultural
posmoderna, que cada vez se nos presenta más dolorosa y
nos incita a la protesta, la indignación y a la figuración
de otra(s) realidad(es) ahora o, con mayor certeza, mañana,
en el kairós (tiempo decisivo) de Dios, el Señor
de la historia.
NOTAS:
*Poeta,
ensayista, crítico literario y teólogo evangélico
ecuatoriano. Es miembro del Foro Nueva Poesía Hispanoamericana;
sus textos han sido publicados en la antología Nueva Poesía
Hispanoamericana (Lima, Perú: Lord Byron, 2003 y 2004)
y en otras revistas literarias importantes.
(1) Sin embargo, estoy consciente de que mi
propuesta de la interdependencia de la lírica en relación
con el influjo de la realidad no es totalmente nueva ni extraña
a nuestra ensayística, ya que, de una u otra manera, ha
estado en el centro de la misma a nivel no sólo latinoamericano,
sino también europeo; véase Kepa Murua (ed.), ¿Qué
puede la poesía?, Editorial Bassari, Bilbao, 2002.
(2) La naturaleza peculiar de este género,
uno de los más antiguos y universales, es, desde sus orígenes,
su alto nivel de subjetividad y su profundo alejamiento de la
épica y la lógica racional. “Por ser subjetiva”,
opina Celso Medina, “riega todo su discurso del Yo. Por ser antiépica,
exalta el instante, torna humanísimo al hombre... Como
dirían hoy los teóricos de la comunicación,
la poesía lírica es profundamente entrópica.
Vive en una dialéctica: tiene que vivir con autonomía,
pero debe transmitir significados. Esa autonomía le permite
ser un género poco dado a mostrar la realidad directamente”;
“La poesía en el desierto posmoderno”, www.ucm.es/info/espéculo/número11/des_post.html.
(3) Otros hablarían de un poder de
“redención”, o de “regeneración moral”. Pero atribuirle
esa clase de poder sería demasiado para un discurso totalmente
humano.
(4)
Subcontinente agobiado, como dijera alguien, por la retórica
y corrupción política, pobreza y la injusticia,
y condicionado por la cosmovisión posmoderna "intelectual"
—la de los filósofos, sociólogos y literatos— y
aquella de la "calle" —la que se detecta en el grueso
de la población, aún entre la que no habría
entrado previamente a la modernidad propiamente dicha. Aunque
todo depende de la lente con que se la evalúe, la cultura
posmoderna, fenómeno difuso y multiforme, en su búsqueda
por construir nuevos o quizás actualizar viejos fundamentos
de nuestra civilización, tiende no solamente a hacer de
la sociedad una cada vez más caótica, mecanizada
e hiperindividualista, sino también a relativizar valores
como aquel de la solidaridad y a promover el gusto por lo light
o lo trivial en todos los campos, incluso en el literario; cp.
http://www.3smu.org.uy/publicaciones/noticias/separ115/art-19.pdf;
véase el ensayo crítico del poeta y ensayista colombiano
Carlos Fajardo, “Poesía y postmodernidad. Algunas tendencias
y contextos”, en http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/posmoder.html.
(5) Expresión de Mario Vargas Llosa
al referirse a la literatura en general, en “La literatura es
una hermosísima mentira”,Stylus (2000) 74-76.
(6)
En “Qué puede hacer la poesía”, ¿Qué
puede la poesía?: 16. Sin embargo, Juaristi, olvida
que, como opinaba Antonio Machado, no hay poesía sin ideas
o sin visiones de lo esencial; además, este autor, por
un lado, pareciera reducir la poesía a sentimientos sin
ideas—por lo menos aquellas de peso contextual— y a un simple
“hacer con las palabras”—que no tiene ideas que comunicar; por
otro lado, si la poesía no puede cambiar el mundo, ¿cómo
es que puede, entonces, ayudar a la regeneración moral
de la sociedad? La incongruencia de Juaristi es evidente.
(7) Esta naturaleza de fondo también
cuenta en el inmenso mundo de la literatura. Aunque los autores
siguientes se refieren específicamente a la novelística,
véase la opinión de Mario Vargas Llosa, en Cátedra
Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, Mario Vargas
Llosa: Literatura y Política, Editorial Planeta Mexicana,
México, 2001, pp. 43-72, y de Eduardo Calero Jaramillo,
“La literatura en la edificación del pensamiento humano
frente al curso de la historia”, Memorias del Sexto Congreso
Nacional y Segundo Regional de Historia y Geografía,
ed. por Fausto Silva Montenegro, Editorial Pedagógica Freire,
Guaranda, Ecuador, 1999, pp. 25-36. Habría que reconocerse
que toda creación literaria es, en alguna medida, un reflejo
de la realidad y, como tal, un producto ideológico. Como
lo subrayo a lo largo del ensayo, lo dicho no significa que el
discurso poético deba convertirse en frío discurso
cerebral, o, mucho menos, a los ojos de la “hermenéutica
de la sospecha”, en panfleto político; uno debiera estar
consciente que no son sólo las ideas ni la ideología
política o religiosa, a la cual, consciente o inconscientemente,
está adherido (a) un (a) autor (a), lo que necesariamente
le conferirá rango artístico literario. Con todo,
la poesía sin ideas de peso contextual corre el riesgo
de convertirse en un discurso excesivamente irrelevante, egocéntrico
y quizás burgués.
(8) En Latinoamérica, uno de esos momentos
lo constituyen las obras vanguardistas de mediados del siglo xx.
Estas obras fueron consideradas revolucionarias y subversivas
no solamente por sus novedosas técnicas y su novedoso lenguaje,
sino también por su incorporación de temas de hondo
contenido social y político. Aquí mismo en Latinoamérica,
otro de esos momentos lo constituye la poesía que actualmente
se está escribiendo en algunos círculos, que, apuntando
a nuevos cánones, intenta deconstruir, por ejemplo, los
prevalecientes clichés machistas del binario hombre/ mujer,
y rescatar la cotidianidad con un lenguaje directo desafiante
y, por lo tanto, alejado del lirismo. Es la llamada “antipoesía”,
en boga en los talleres de poesía; ver la nota 32.
(9) En “El poeta, enemigo del moralista”,
Prensa Libre, Guatemala, Guatemala, 14 de agosto de 1993, p. 12.
(10) Esta economía somete a las nuevas
generaciones a una dictadura económica, con graves consecuencias
para la literatura y aún para la vida misma en contextos
como los latinoamericanos.
(11) A todo ello se debe añadir el
suicidio cultural impuesto generalmente, en el mejor de los casos,
por los medios masivos de comunicación a través
de una amplia divulgación de productos comerciales, pero
de pobre calidad literaria; además, la promoción
que ellos suelen hacer del talento literario aún de los
escritores “canonizados” es mínima o nula.
(12) En Poema y diálogo,
trad. por D. Najmías y J. Navarro, Gedisa, Barcelona, 1999,
pp. 107-08.
(13) Es decir, un discurso verbal autosuficiente,
en el cual tampoco cuenta, entre otras cosas, la intención
original de su autor /a, sino lo que sus lectores puedan y quieran
ver en el mismo.
(14) Así, Abdón Ubidia, “Cuatro
tesis de las corrientes narrativas (Ecuatorianas y Latinoamericanas)”,
Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana: Memorias 2
(4-8 de agosto de 1997) 158-163.
(15) Ciertamente, según mi opinión,
de un modo u otro, toda poesía sería solidaria con
la historia, aunque unas lo hagan menos conscientes que otras;
véase, por ejemplo, la obra de la poeta ecuatoriana Teresa
León, Cantos finiseculares, Casa de la Cultura
Ecuatoriana, Quito, Ecuador, 1984; esta obra eminentemente lírica
y aparentemente ajena a la realidad, en un nivel del discurso
reacciona contra determinadas realidades contextuales.
(16) En “La realidad y la palabra”, Letras
del Ecuador 180 (1995) 51, Mario Benedetti opina que en
la poesía actual latinoamericana se está dando esta
ligación, y agrega: “...conviene recordar que cada texto
tiene su contexto y a él se vincula. Un texto de hoy solo
se origina en las tensiones internas del creador; también
puede emanar del subsuelo de la calma o de las a menudo feroces
tensiones de la realidad”. Piénsese, por ejemplo, en la
novelística del peruano Mario Vargas Llosa, o del colombiano
Gabriel García Márquez; en relación a éste
último autor, véase Luis Javier Hernández
Carmona, “El ocaso del poder como alegoría latinoamericana
en tres novelas de Gabriel García Márquez”, Jornadas
Andinas de Literatura 2, pp. 131-136. Nótese, además,
que el escritor húngaro Imre Kertesz habría de ganar
el Nóbel de Literatura 2002 por haber explorado en sus
novelas, que suelen centrarse en su experiencia en un campo de
concentración nazi, una temática eminentemente contextual:
cómo los seres humanos sobreviven a situaciones bárbaras.
(17) Vargas Llosa, “La literatura”: 75.
(18) Cátedra Alfonso Reyes, Mario
Vargas Llosa: 56.
(19) En, “La literatura en la edificación”:
28.
(20) Ibid: 32; cp. las páginas
35-36 de este mismo artículo de Calero Jaramillo.
(21) Pues, si bien el mundo que refleja es
muchas veces parecido al nuestro, éste suele ser ideal
y hasta irreal, ya que, a los ojos del poeta lírico, todo
parece ser bello, incluso lo feo, lo horrible o lo atroz.
(22) En esto tienen razón quienes,
como Juaristi, opinan que la poesía no puede cambiar el
mundo. Como ya dije, un discurso humano e imperfecto como el poético
es imposible que tenga esa clase de alcance, aunque pueda cautivar,
persuadir y hacer de sus lectores ciudadanos más sensibles,
alertas y críticos, y ofrecerles nuevos lentes para leer
su realidad. Por eso los poetas suelen ser los mejores críticos
y filósofos.
(23) Se sabe que también a este último
muchos posmodernos parecieran temer y evitar porque, según
argumentan, revela una voz “autoritativa”, propio de políticos
y predicadores, con los cuales basta.
(24) En Cátedra Alfonso Reyes, Mario
Vargas Llosa, p. 58.
(25) Ibid: 59.
(26) Ibid. Entonces, agrega este
autor (en esta misma página), cuando el lector regresa
de su lectura el cotejo de ese mundo literario con el real es
inevitable y difícilmente se contentará, como alguien
resignado y fatalista, con ese mundo en el que vive. Estará
en perpetua exigencia de algo distinto y mejor.
(27) Saint John Perse, poeta y diplomático
francés, en su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura
en 1960. Material fotocopiado para el taller de poesía
en la Universidad San Carlos de Guatemala el 22 de octubre de
1998.
(28) Vicente Huidobro, en una conferencia
dictada en el Ateneo de Madrid, España, en 1921.
(29) El "sujeto lírico"
es, como se sabe, la voz que desde dentro del "mundo"
del texto frecuentemente habla o piensa desde su propio punto
de vista; con base a éste, guía la lectura y conjuga
armoniosamente, entre otras cosas, la emoción, la ira y
la utopía. Se convierte en excesivamente audible cuando
en el texto se lo privilegia a tal punto que excluye al lector
y vuelve al discurso poético demasiado intimista y, por
lo tanto, poco relevante para el contexto y poco universal.
(30) La literatura es fuego, inconformismo,
rebelión; la razón de ser del escritor es la protesta
y la crítica, aún cuando su discurso pueda sonar
fatalista urbano para algunos, especialmente cuando no se lee
el aura luminosa de esperanza y utopía que lo envuelve.
(31) Cp. Teresa León, "Octavio
Paz y la poesía", Altiplano 17 (1998): 33,
citando a Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o
Las Trampas de la Fe (sin datos ni número de página
citada); contra la tendencia filosófica de la crítica
literaria contemporánea que, como más adelante se
verá, tiende a defender la autonomía total de la
obra literaria.
(32) Dígase "realista",
"antipoética" o arte "pop".
(33)
Ver, en Cátedra
Alfonso Reyes, Mario Vargas Llosa, pp. 68-72, la crítica
aguda y las consecuencias que Vargas Llosa observa en la comunidad
política cuando ésta intenta "vacunarse totalmente
contra la literatura". Una de esas consecuencias, además
del pragmatismo y el desaparecimiento de toda forma de ideal,
es un lenguaje incompresible y sonando a mero ruido y música
cansada al habérselo convertido en secuencia interminable
de estereotipos y clichés. Así concluye diciendo:
"...habría que convencer a los políticos de
que leer buena literatura no es perder el tiempo..., sino que
debería ser un ingrediente esencial en su formación"
(p. 70).
(34) Lastimosamente no tengo en mis manos
la ponencia original de Cuadra, pero Margarita Carrera, en "La
clase política vista por un poeta", Prensa Libre,
Guatemala, Guatemala, 14 de marzo de 1997, p. 14, da un buen resumen
de la misma. Sin embargo, la propuesta filosófica y poética
de Cuadra parece demasiado ideológica; por lo tanto, no
puede ser seguida acríticamente, mucho más ahora
cuando han desaparecido las viejas ideologías y utopías
modernistas como la marxista.
(35) Carrera, “La clase política”,
p. 14.
(36) Ibid.
(37) En “¿Para qué la poesía?,
www.ucm.es/info/espéculo/número22/paraque.html
(38)Ver
Jean-François Lyotard, La Posmodernidad, trad.
por Enrique Lynch, Gedisa, Barcelona, 1999; Alain Touraine, Crítica
de la Modernidad, trad. por Alberto Luis Bixio, Fondo de
Cultura Económica, México, 2002.
(39) Carlos Bazante M., "Algo sobre
la cultura en la Provincia de Bolívar", Altiplano
15 (1994) 25.
(40) Carrera, “la clase política”,
p. 76. Ver la lectura que Emilia Virginia Acosta hace de cuatro
poetas argentinas en “Levedad y peso. Lo escrito y lo no escrito
en Traspié de Alicia Poderti”, JALLA
1 (4-8 de agosto de 1997) 4-10.
(41) Las “etiquetas” contribuyen a tal marginación
y a verla como intrusa en los círculos light y
de la pura perfección artística o del “arte por
el arte”.
(42)
Ver mi ensayo “La historicidad del texto y el papel del texto
en la interpretación poética”, Kairós 29
(2002) 59-75, especialmente.
(43) En Verdade e Método: Traços
fundamentais para uma hermenêutica filosófica,
trad. por Flávio Paulo Meurer, Vozes, Petrópolis,
Brasil, 1999, pp. 431-432.
(44) El concepto de ideología del
texto es usado en este contexto con un sentido, diría,
descriptivo, no negativo. Es el cuerpo de ideas afines y homólogas
en asuntos, por ejemplo, filosóficos, estéticos,
éticos, religiosos y políticos, con base al cual
la vida de un grupo social es estructurada en un sistema de códigos,
y al que , como ya se dijo, cada autor, conscientemente o no,
se adhiere; es por eso que el concepto de "realidad"
es relativo y la transposición de la misma al texto, cualquiera
que éste sea, es parcial, ya que cada autor tiene su propia
perspectiva de ella, según la ideología que sustente
y que le permita pensar, ver, decir, aceptar, rechazar, imaginar,
o quizás imponer. La ideología, a mi modo de ver,
viene a ser inevitable para todos, y es la que está detrás
de la producción de un texto literario o de otra índole.
(45) Por "centralidad en el texto"
entendemos aquel aspecto hermenéutico en el que el texto
tiene un lugar prioritario en el proceso de lectura, ya que en
este proceso el lector no es la única fuerza prioritaria.
Por eso es que, en algunos círculos hermenéuticos
bíblicos-teológicos, para la lectura del texto bíblico
se ha propuesto la hermenéutica espiral que consiste en
un diálogo dialéctico en el cual el lector interactúa
conscientemente con el texto permitiendo que sea éste,
no sus propias perspectivas u horizontes, su guía en el
proceso de lectura. De modo que es el lector quien viene a alinear
su horizonte con el del texto.
(46) No hay, pues, lector que pueda acercarse
a un texto, cualquiera que este sea, "químicamente
puro", es decir, sin que su horizonte cultural o de otra
índole interfiera en su lectura del texto. Algo que la
crítica literaria en general debiera es estar consciente
de esta imposibilidad y, no obstante, esforzarse por alcanzar,
en el proceso de lectura, cierto grado de objetividad y, así,
trascender los contextos sociopolíticos y culturales de
los textos, dejarse modificar por el texto las precomprensiones
que prueben ser erróneas y no reducir la tarea interpretativa
a simple actividad intelectual. Si bien, aún así,
los resultados serán siempre limitados, tendría
menos riesgo de hacer decir a la obra más de lo que intentó
su autor original. Basta leer una crítica de obras de autores
“canonizados” para constatar lo que afirmo.
(47) Entre las cuales se encuentran las siguientes:
el distanciamiento cronológico, cultural y aún existencial
que separa a su autor de su intérprete, especialmente cuando
se trata de obras clásicas; la polisemia del lenguaje artístico;
la dificultad en reconstruir el contexto literario original que
subyace detrás del texto; el significado de un texto nunca
es autónomo del contexto del texto y del intérprete;
un autor suele decir más de lo que él estaría
consciente.
(48) Pero aún con su destreza, uno
debe reconocer, que este “ideal lector”, fabricado por los dictados
del texto, no estaría libre de imponer su propio horizonte
sobre el texto.
(49) Pues, como opina la poeta argentina
Karina A. Maccio en una correspondencia con ella: “...emprender
riesgos, tanto en la escritura como en la lectura, es para mí
parte de la tarea poética: significa intentar (aunque también
fracasar), ir más allá...también ampliar
o renovar el filtro que nos permite decodificar la realidad, ‘la
cárcel del lenguaje’...”. Es claro que estos riesgos son
mayores en obras que al crítico no le son propias, pues
el único capaz de aprehender el total y exacto sentido
de un texto es realmente su propio autor.
(50) Pero que incentiva la imaginación
de lector, con base a la cual éste es capaz de recrear
lo callado o lo discreto, siguiendo las pistas que le da el propio
texto.
(51) El "ideológico" tiene
que ver con lo anotado en la nota 44, y el "temporal"
con el espacio geográfico y experimental desde donde se
oye la voz y murmullo del sujeto lírico. Es en este sentido
que concuerdo que el proceso de escritura de una obra es afectado
de algún modo por los fenómenos culturales o sicológicos,
según opinan las posmodernas teorías literarias
propuestas por deconstructivistas como Michael Foucault; ver Stephen
Cox, “Foundations Study Guide: Literary Theory”, http://www.objectivistcenter.org/articles/foundations_literary-theory.asp.
(52) Nótese que el término
inglés “post-modern” no solamente alude a una cosmovisión
que es extranjera y globalizada, sino que también, con
su guión en el medio, se referiría a lo construido
mecánicamente y al lenguaje técnico que satura la
cultura posmoderna actual. Es interesante ver por qué el
poeta lo usa.
(53) Por cierto, este elemento fónico,
que une el ritmo del sentido objetivo con el sonido, se evidencia
más claramente si se leyera el texto en voz alta. Pareciera,
entonces, que este texto fue escrito precisamente para ser leído
de este modo.