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PALABRAS SIN VOZ

George Reyes

 

EL PODER DEL DISCURSO POÉTICO: HACIA UNA HERMENÉUTICA FILOSÓFICA Y CONTEXTUAL LITERARIA

Quizás una propuesta compleja, debatida y desafiante pocas veces abordada y defendida por la ensayística contemporánea latinoamericana es aquella que afirma que, pese a su peculiar naturaleza, el discurso poético lírico es capaz de desplegar poder de solidaridad y a la vez de persuasión. Es que, aún traspasando las normas del discurso racional y de la comunicación ordinaria y pese a todos los problemas hermenéuticos, incluyendo los lingüísticos, mediando en toda lectura de textos literarios, esta palabra es un medio de comunicación eficaz; de esa cuenta, ella es capaz de producir en el lector un efecto estético de solidaridad y persuasión. Como alguien ha sugerido, habría que preguntarse hasta qué punto el infortunio de nuestros pueblos se debe también al hecho de marginar esta palabra como si toda ella fuese arte irrelevante y elitista, es decir, sin peso contextual y destinada a unos pocos.

Con el fin de contribuir al debate hermenéutico filosófico literario especialmente latinoamericano, mi propósito esencial es proponer, breve y superficialmente, que el discurso poético lírico es capaz de desplegar poder de solidaridad y de persuasión. En la primera parte, discuto y propongo el poder de relevancia que esta palabra debiera tener; en la segunda, el papel que debiera jugar; en la tercera y final, exploro el modo cómo ella desplegaría ese poder.

Debo subrayar la naturaleza esencial de mi propuesta. Además de breve y superficial, ella es filosófica y pragmática; esto significa que su énfasis está en el ser-en-sí, o en la esencia misma de la poesía: lo que ella debiera ser, pero también la utilidad que debiera tener más allá de su efecto lírico, en un subcontinente como el nuestro.


El discurso poético: ¿Discurso relevante o una “hermosísima mentira”?

Hay quienes consideran que la poesía lírica es un discurso que no puede tener como objetivo el poseer relevancia ni poder contextual. Entre otros, el poeta francés Felipe Juaristi es de esa opinión:

La poesía [lírica] no puede cambiar el tiempo ni puede cambiar el mundo. Nunca ha estado en su mano tal objetivo, tan loado y cantado por los poetas llamados “sociales”, porque la poesía se dirige al individuo y a su mayor tesoro, que es el corazón. La poesía no es una medicina que sane al mundo de los males que le aquejan, que son muchos, variados y, desgraciadamente, de difícil solución, pero sí puede ayudar a la regeneración moral de la sociedad.

Contrariamente, de entrada, opino que, de algún modo, al no estar separada totalmente de la realidad —aquella que está frente al texto y a su artista: la contextual— ella debiera ser un reflejo mimético de ésta y, como tal, un arte que implica sensibilidad social. Esto sin necesariamente volverse un discurso político panfletario, vulnerable de sospecha y múltiples etiquetas, ni dejando de ser lo que, según mi opinión, debiera ser de fondo: arte eminentemente lingüístico que expresa la habilidad de su creador en el uso y manejo de la palabra. En el mundo occidental, la poesía en algún momento reflejó esa realidad, pero su contribución “revolucionaria”, aunque le valió la etiqueta de “compromiso social”, pocas veces tuvo el espacio y el peso que debiera tener sobre todo en los círculos de poder.

Según la poeta guatemalteca, premio nacional de literatura 1996, Margarita Carrera, la escasez y el freno actual de la sensibilidad artística creadora, y la desvalorización a la que, en estos últimos años, ha estado sometida la poesía, se deben no sólo al hecho de considerarse al poeta como alguien quien tiene poco que aportar, sino también a la ideología económica y al pragmatismo de la cultura actual. En sus propias palabras:

Como el verdor de los campos, el poeta empieza a escasear en el planeta Tierra. Moralistas, políticos, ejecutivos, religiosos (todos en un mismo saco) lo desprecian. No lo toman en cuenta. Pasan a su lado sin reconocerlo. Se burlan de lo que escribe: poesía. Si eso ya está pasado de moda... Las universidades están repletas de jóvenes cuyo éxito está en hacer dinero. Es así que ofrecen infinidad de carreras universitarias relacionadas con el mundo económico. Domina la praxis, las humanidades casi desaparecen. No se toma en cuenta la sensibilidad artística... creadora de los educandos.

Carrera exagera y generaliza excesivamente. Pero su denuncia sigue aún vigente en un contexto cada vez más dominado por la globalización, resultado del progreso tecnológico y del dominio de la economía neoliberal. En un contexto así, ¿tienen algún lugar la literatura y quienes la escriben? ¿Lo tiene la poesía cuando muchas veces los mismos creadores evadimos el fermento social que podría desplegar, o cuando sus lectores suelen pasar por alto la capacidad de visionarios que tienen sus valientes escritores, quienes deciden mostrar su producto al mundo, aunque su valor difiera en naturaleza a los que aparecen en el "mercado"? ¿Qué poder cuando no siempre se afina el oído para escuchar la transposición que el poeta hace de la realidad externa en su obra? O tal vez, con Hans-Georg Gadamer, nos debiéramos preguntar: “¿Tienen aún los poetas un cometido en nuestra civilización? ¿Hay espacio para ellos y su producto en una época en la que se siente por doquier la inquietud social y el malestar producido por la masificación anónima y en la que puede reivindicarse la recuperación o la nueva justificación de la solidaridad? ¿Puede existir y legarse a la posteridad un firme y perenne discurso poético universal en un mundo continuamente en evolución?” Sin lugar a dudas, el/la poeta y su discurso tendrán que, con mayor énfasis, lidiar en el futuro inmediato con estas y otras interrogantes; tendrán que hacerlo también con las concepciones burguesas de la literatura que, con base a una ideología de clase que defiende el arte por el arte, pontifican sobre lo que es buena o mala literatura. En el fondo de toda esta discusión, la relevancia o no del discurso poético es determinante.

El discurso poético “puro” puede abstraerse de la realidad concreta y, así, constituirse en un simple “artefacto artístico”. El "relevante", en cambio, no puede ni quiere, pues el tiempo y la historia real lo atrapan y lo apremian a establecer una fusión indisoluble entre ellos y su creador/a, y hacer poderosos y persuasivos conjuros y llamados a la reflexión con lenguaje discreto. Aunque cada género y corriente literaria contextual tiende a captar y reflejar la realidad desde una sólo perspectiva, es en la literatura que ha sido y es solidaria con la historia donde lógicamente la realidad aparece más profundamente ligada a la palabra. Es ella la que posiblemente exige mayor esfuerzo para afinar el oído y captar así la transposición que el poeta hace de esa realidad; es ella, además, la que, en suma, conseguiría el efecto deseado: introducir a sus lectores a una dimensión de experiencia contextual semejante a la suya. Aun siendo Mario Vargas Llosa un novelista, es elocuente su testimonio respecto a las consecuencias de este efecto en los lectores:


Creo que toda la buena literatura que he leído... me ha enriquecido extraordinariamente la experiencia de la realidad. Me ha hecho mucho más sensible a lo que es la vida con todos sus matices, con toda su complejidad. También con todos sus reveses; al mismo tiempo la literatura creo que me ha enriquecido la capacidad de goce. La literatura ha hecho de mí una persona infinitamente más apta para amar... Y hay otro aspecto...para mí la literatura es una experiencia impagable... Esa debería ser la mayor razón para promover la literatura; la infinita felicidad que puede deparar a un lector un buen libro.

Por eso es que, para Vargas Llosa, el fin de la literatura no es tanto entretener ni ser un juego del espíritu, un malabarismo intelectual o un espectáculo, sino producir un efecto de "concientización" movilizadora. En sus propias palabras:

Es evidente que la experiencia de leer La guerra y la paz o novelas equivalentes produce un cambio en nosotros, no solamente como lectores sino como seres humanos, como ciudadanos. Algo que no sabíamos ha llegado hasta nosotros gracias a esa experiencia. Y, si ha sido así, si esa experiencia ha enriquecido nuestra sensibilidad, nuestra conciencia, nos ha hecho más capaces, por lo menos de comprender aquello que ocurre en torno, en el mundo social del que formamos parte, entonces esa literatura es algo más que entretenimiento; a través de nuestra conducta de lectores afectados por esa experiencia se convierte en una forma de acción.

En esta misma línea de pensamiento, el poeta ecuatoriano Eduardo Calero Jaramillo opina que la literatura en general ha tenido siempre un papel protagónico a través de la historia. La razón de este protagonismo, según Calero Jaramillo, es porque con ella “se ha iniciado la búsqueda de la libertad, del dar un sentido a la historia, de racionalizar los absurdos, de construir un mundo [mejor ] para los hombres, de afirmar y cuestionar la realidad, de estrenar discursos sobre nosotros mismos”. Entonces agrega:

Tanto la historia, las demás ciencias sociales, y el arte pretenden comprender a la realidad y al hombre: para las ciencias sociales son las leyes de la sociedad el objeto de su estudio, mientras que el arte se caracteriza por representar al hombre en el conjunto de sus relaciones y de los diversos aspectos de su vida, y si Marx consideraba que “la tarea primordial de la filosofía al servicio de la historia, consiste -después de haber sido desenmascarada la santa imagen de la autoalienación humana- en denunciar la autoalienación de sus imágenes no santas” ¿no radica en lo mismo la misión del arte, y más concretamente de la literatura?...

 

El rol del discurso poético

Ciertamente, aunque el discurso poético lírico clásico —aquel que, aun siendo un producto del pasado, tiene valor perenne— y el contemporáneo contextual puedan cautivar y persuadir a sus lectores, tienen sus limitaciones. Su visión de la realidad sigue siendo imperfecta y hasta ilusoria o ficticia; además, de modo alguno puede demostrar que su poder haya, por lo menos, transformado la visión y vida de sus lectores y, a través de ellos, la realidad concreta. Pero, por eso, ¿se debe reducir hoy en día este discurso a experiencia ego- íntima? ¿No puede conscientizar, desmitificar, desacralizar y renovar su lenguaje de tal manera que pueda, como en otrora, dar espacio a nuevos temas basados sobre la realidad concreta, a fin de iluminar el presente y lanzarnos a retomar nuestro papel?

Si quisiera recobrar hoy su relevancia y poder, el discurso poético lírico no puede ni debe reducirse solamente a ego-intimidad ni a belleza estética. Su intención no puede ni debe ser sólo deleitar estéticamente. ¿Podría así sobrevivir en una sociedad donde los medios masivos de comunicación ofrecen tantas otras maneras menos exigentes de divertir y apartar a las personas de la rutina cotidiana, mientras los escritores seguimos escribiendo para un público anónimo? En su afán de relevancia y despliegue de poder tampoco debe, como ya lo he dicho repetidas veces, reducirse a lo contrario: discurso profético-político ni didáctico. De caer en esta reducción, dejaría de ser literatura para convertirse en un discurso excesivamente racional que, entre otras cosas, poco o nada canta e incentiva la imaginación de sus lectores.

Vargas Llosa ha argumentado que la literatura es el mejor antídoto que la civilización ha inventado frente al conformismo. Por eso, arguye este autor, ella debe esforzarse por demostrar este perfil no con argumentos políticos o poema políticos, sino literariamente: enfrentando a los lectores a mundos donde, a diferencia del real, los actos parecen explicados por las motivaciones y por las raíces intelectuales y sentimentales que están detrás de las conductas de los ciudadanos; de este modo, continúa Vargas Llosa, se provee a los lectores una visión totalizadora de la vida, una visión difícil de alcanzar cuando se es parte de ella porque al estar constantemente haciéndose, deshaciéndose y rehaciéndose nos priva de objetividad para juzgarla cabalmente. Así que en todo este efecto, el lirismo y la belleza literaria juegan un papel fundamental porque son las que en última instancia dan a la literatura su independencia, identidad y autenticidad, y porque nos enfrentan a lo acabado y abarcable con el conocimiento y la conciencia de una visión esférica que jamás llegamos a tener.

Si el discurso poético moderno ha demostrado un balance asombroso en su propósito de perseguir la plena integración [¿humanización?] del hombre, ya que no hay nada pítico [¿?] y puramente estético en esta poesía, ¿no debiera el discurso poético lírico también hacer algo igual? ¿No debiera trabar suprema alianza con la belleza estética, sin hacer de ella su único fin ni su único alimento? Así, la imaginación artística y profética-contextual vendrían a ser vasos comunicantes; así también la belleza estética y la realidad concreta no seguirían siendo necesariamente adversos o antagónicos ni ajenos el uno al otro, sino que se conjugarían no en enfrentamiento, sino en comunión. De esa cuenta, en el/la poeta y su producto desaparecería la dicotomía entre creación literatura y realidad, evidente cuando una obra parece alejarse de lo humano y volar hacia una trascendencia metafísica, o cuando se reduce a una ego-intimidad tal que la realidad concreta desaparece.

Aunque los poetas saben y aceptan que el mundo ideal está fuera del alcance de los logros humanos, ellos jamás renunciarían a soñar las utopías fundadas en la esperanza real y posible de un mundo mejor; el/la auténtico/a poeta sabe no solamente soñar con el mundo que debiera existir, sino también descubrir el genio recóndito de las palabras y construir con el mismo un discreto ritual de conjuro. Mantener aún la dicotomía entre literatura y realidad conlleva el peligro de encerrarse cómodamente en una torre de marfil, produciendo “hermosísimas mentiras” o discursos light controlado por un sujeto lírico excesivamente audible; peor aún, conlleva el peligro de convertirse en cómplice de un mundo que golpea y nos golpea.

Es aceptado que el escritor en general debe poseer una amplia visión de la realidad universal. Es aceptado también que no debe permanecer al margen de la dura realidad social que gravita sobre él y lo afecta. Es aceptado, además, que la poesía es un producto social e histórico, una manifestación de la imaginación creativa, la experiencia y la sensibilidad y, por lo tanto, un referente para entender nuestra realidad.

Negar la relación entre sociedad y poesía sería un error grave como lo es el negar la relación entre la vida del escritor y su obra. Por eso es que el discurso poético lírico contemporáneo, cualquiera sea su corriente, debiera ser un producto artístico que no renuncia ni reniega del lirismo emotivo, volitivo y patético donde el lenguaje se presente en la luminosidad de su desnudez inicial ajena al vestuario convencional fijado de antemano; también debiera ser un medio idóneo capaz de incursionar en los espacios de poder y envolverlos en una atmósfera encantada y encenderles la llama de la solidaridad, la imaginación y alguna forma de ideal.

El discurso poético lírico debiera constituirse, me atrevo a opinar, en un género cada vez más humano que de cuenta de la imperfección humana en su propia esencia y donde también aparezca el individuo y su contexto en el cual se nace, crece, desarrolla y muere. En otras palabras, la lírica debe afirmarse en lo que realmente es: la memoria y conciencia viva y colectiva de los pueblos, pensamiento y acción a favor de los mismos. Un discurso poético en el que no aparece la realidad y el amor traducido en solidaridad cae en la irrelevancia y parcialidad. Lo natural, entonces, es que el lector lo lea con "sospecha".

No en vano el poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, una de las voces poéticas contemporáneas más recias de América Latina, propone que ante la dura realidad que azota es un reto de los escritores latinoamericanos ser la conciencia de su tiempo, y contribuir a “hacer asequible el destino de América a la multitud...”. Solamente así, continúa Cuadra, se podrá evitar el negro futuro que se cierne sobre América Latina, agobiada por la retórica, la pobreza y la violencia; y solamente así podrá existir en ella el progreso, ya que sin filantropía no hay cultura ni civilización, pues las civilizaciones egoístas mueren.

Asimismo para Cuadra “la gran lucha del siglo es la lucha que la lengua ha de emprender contra el poder. Por medio de la palabra, el poeta ha de consagrar otra vez lo real devolviendo a las palabras su sorpresa, su magia, su poderío”. Es que, según el poeta venezolano Pablo Mora, parte de la misión de la poesía, “en un mundo reducido cada vez por la maquinización y sus falsías es también contribuir a la rebelión colectiva...La injusticia social, es entre todos, el peor de los males humanos, puesto que permite reinar a la muerte. La poesía, como se sabe, es el reino de la vida...La verdadera poesía, escribió Eluard, no se puede vincular con lo que declina y muere”.

De ahí que ellos, los poetas contextuales, les gustarían ser profetas y quizás mártires, porque están ligados al acontecer histórico concreto, ya que nada del drama de su tiempo les es ajeno ni extraño, aún en aquellos que intentan tal cosa. Ellos son artistas contextualizados. Ellos saben traer a la poesía el pensamiento. Ellos son los mejores filósofos. Y, algo fundamental, ellos han de querer contribuir a devolver a los individuos su humanidad plena, oponiendo a lo seco de la deshumanización, lo húmedo de su amor y solidaridad porque, en suma, no pasan por alto la importancia que tiene el grado de conciencia y responsabilidad con que el intelectual desempeña su papel en el quehacer cultural. Conciencia de que la esencial relevancia de la cultura, donde se encarnan los valores y comportamientos de la gente, es la de ser un resultado y un factor del progreso hacia una vida digna a la que todos tenemos derechos, aunque a los ojos de la actual cosmovisión cultural posmoderna este intento no sea más que otro delirio en descrédito cada vez mayor; responsabilidad en no evadir los problemas sociales y en participar en la lucha que exige su tiempo. Por eso, “en una u otra forma, nos convence de que en su boca está la llama sagrada, el verbo que hace que el humano sea eso: humano. Nos contagia con su indignación e ira por las infinitas injusticias que se dan en el plano de lo social ”.

Aunque en la actual coyuntura el discurso poético, sobre todo aquel que se esfuerza por encarnar una voz colectiva, a menudo no recibe honores, su poder y relevancia es fundamental. Esto es así porque sus estrategias y su lenguaje buscan construir no una “hermosísima mentira”, sino una palabra que puede hacer de ella un signo presente o un grito discreto cargado de esperanza. El resultado es un producto resistente, deconstructor y humanizador por su fuerza, eficacia y discreción. Por ello es importante que el discurso literario en general, incluyendo el poético, se acerque, dialogue y combine dialécticamente con la realidad, sin renunciar a lo que es y con un conocimiento cabal de sus propios límites.

El poder de relevancia y el poder en sí del discurso poético lírico está en eso: en ser, en suma, no un simple discurso político panfletario-ideológico, sino una clamorosa sinfonía lírica; en esta sinfonía, el lenguaje se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial ajena a todo vestuario convencional para chorrear gotas de inconformidad, solidaridad y humanidad que, a los oídos del lector agudo, evoluciona callada y audiblemente en discurso poético universal. ¿No es a ser esta clase de discurso a lo que la poesía siempre ha aspirado? Una palabra donde no existen límites, localidades, yo privilegiado ni genio ni “dioses”; una palabra que sabe generar una mayor “simpatía” y "empatía" en sus lectores, a quienes no hace más que tenderles humilde y vulnerablemente su mano para persuadirlos, involucrarlos y conducirlos más allá del horizonte de lo falso, inhumano y, quién sabe, de la misma muerte en vida. Una palabra, que al final de cuentas, es pensamiento y es acción, que justifica la existencia de sus creadores. Argumenta la hermenéutica filosófica que una obra de arte culmina en ejecución, porque comprenderla no es un comportamiento subjetivo, sino un ganar participación. El/la lector/a encuentra en el oírla y comprenderla su punto de partida, pues al interrogarla es a la vez interrogado/a por ella; se da, entonces, un diálogo dialéctico que culmina en comprensión y, algo más importante, en acción, al fusionarse el horizonte de ambos dialogantes.

Es conveniente ahora demostrar, hermenéutica y exegéticamente, cómo el discurso poético lírico despliega poder de solidaridad y persuasión.


El poder del discurso poético: Hermenéutica, lenguaje y estrategias

Según algunas de las nuevas tendencias hermenéuticas filosóficas, el poder de una obra literaria se agota en el diálogo y vínculo que ella propicia con su lector activo. La obra, según estas tendencias, es un artefacto verbal semánticamente autónomo de la historia, del tiempo y circunstancias de su composición, de la cultura y de la intención de su autor; de esa cuenta, la experiencia estética ve la “verdad” en su propio objeto artístico, la obra, independientemente de cualquier otra relación que no sea esta experiencia. Así, al lector y a la lectora no le queda otra tarea sino la de construir, deconstruir y reconstruir permanentemente el sentido de la obra, sin llegar quizás nunca a tener un control total sobre el mismo.

Estas nuevas tendencias se justifican. La literatura es un acto de comunicación entre el autor, el texto y el lector. En este acto de comunicación, el texto es el terreno en que se dan la cita y el canal por medio del cual el autor envía su mensaje; los lectores y lectoras son a la vez una fuerza no sólo activa, sino también positiva y decisiva (aunque no única) en el proceso y experiencia de lectura, ya que, quiérase o no, la práctica indica que la interpretación siempre comienza y termina con la presencia de ellos/as. Sin embargo, a mi modo de ver, estas tendencias poseen algunas debilidades.

Una de ellas es que tienden a pasar por alto la relación existente entre el “mundo” —la realidad total subyacente— del texto y la realidad concreta. En este sentido, se tiende a nublar la realidad que subyace tanto detrás —en el “mundo”— como en frente del texto —la realidad histórica del autor—. Discutiendo cómo los textos literarios clásicos, aún siendo un producto del pasado, trascienden su contexto para iluminar el presente, cautivar e informar al lector contemporáneo, Hans-Georg Gadamer arguye: “Nuestra comprensión siempre incluye una conciencia de que formamos parte de ese mundo [el de la obra literaria], y correlativamente, que la obra pertenece también a nuestro mundo [realidad concreta]”. El mundo de una obra literaria contemporánea guarda también relación estrecha con el externo, la realidad concreta. Este efecto mimético —que es, en alguna medida, quiérase o no, una actividad creadora del intérprete— es la razón principal por la cual ella impacta y persuade; pero es también la razón por la cual ofrece a sus lectores y lectoras nuevos lentes para leer su realidad y hace de ellos y ellas ciudadanos más sensibles, alertas y críticos.

Otra debilidad de las nuevas tendencias hermenéuticas filosóficas es que tienden a nublar la importancia del autor y su mensaje o ideología original. Esta tendencia es mayor cuando, con base a la suposición de la autonomía semántica de la obra y la denominada “falacia de la intención” —o, lo que es igual, autonomía del lector que le da la licencia para recrear a su antojo, según sus horizontes, el mensaje o ideología impresa en el texto—, se privilegia excesivamente la belleza estética del texto y el papel del lector. Así olvida, por lo menos, tres cosas importantes.

La primera, que el proceso hermenéutico de lectura es dialogal: el lector o la lectora dialoga con el texto y su autor. Este “triálogo” mancomunado y dialéctico abierto supone un “acuerdo” entre lo que dice el autor y, según su reacción, lo que piensa el lector o lectora; finalmente, este “triálogo” supone una fusión de horizontes que no es sino la “comprensión” entre estos tres interlocutores —el autor, texto y lector. La segunda, que el significado del texto es dependiente también del acto mismo de comprensión. Y la tercera, que los lectores deben ser “ideal” lectores, poseyendo ciertos atributos como una respetuosa sensibilidad por la intención del autor.

Privilegiar la belleza estética y el lector conlleva una consecuencia fundamental compleja y debatida: se deshistoriza el texto, se vacía la interpretación de todos sus tesoros —límites, propósitos— y se abre las puertas a una infinidad de sentidos, frecuentemente divergentes los unos con los otros y, en el peor de los casos, arbitrarios en relación con la intención original de su autor, la cual merece respeto, ya que el texto todavía le pertenece. Es cierto que es casi imposible evitar las variadas y divergentes interpretaciones de un texto; es cierto también que la polisemia del lenguaje literario puede inducir a ello, ya que normalmente éste rompe con el sentido convencional de los términos, que solamente los oídos afinados podrían oír. Es por eso que, en la lectura de un texto literario, se hace necesario el uso de una hermenéutica centrada tanto en el/la lector/a como en el autor y en el texto, y que permita ver en este último un impulso no sólo estético-literario, sino también histórico o referencial e ideológico. Así, es mi opinión, habría menos riesgo de reducirlo ya sea a literatura pura sin ideas, o a uno excesivamente contextual o, en el peor de los casos, panfletario. Así también habría mayor posibilidad de controlar nuestra subjetividad y permitirle al texto hablar libremente.

La verdad es que, por varias otras razones, aun aplicando la hermenéutica anterior, el aprehender exacta y totalmente el sentido original de un texto y de un modo totalmente objetivo es una tarea no ilusoria, sino desafiante, cuyos resultados serán siempre limitados. Con todo, contra la opinión deconstructivista, si se quiere entender algo de un texto, se requiere no sólo de una hermenéutica centrada también en éste, sino también que el “ideal” lector tenga alguna destreza literaria. Si bien para algunos la tarea interpretativa, y aún composicional, es un acto creativo, libre de un sometimiento a cánones racionales y rígidos, no se puede negar que una atención cuidadosa al "cómo"—poética, es decir, estrategias artísticas literarias— guía al "qué" —mundo y mensaje— del texto. Esta hermenéutica, finalmente, permitiría movernos de la poética a la interpretación y al poder del texto.

Intentaré ahora, aún con riesgos, hacer, con base a la anterior hermenéutica, desmitificadora y reveladora de los símbolos y de la experiencia humana subyacentes en el texto, una breve y limitada lectura de un pequeño texto poético. El texto nos introduce a su alucinante “mundo” y, por ende, a la realidad histórica concreta de su autor o, por lo menos, a un reflejo de ella. Antes de leerlo, conviene ver, a nivel de técnica, la estructura general del corpus al cual pertenece que es la Antología Signo xxi.

Esta antología consta de tres partes. La primera y la segunda, describen algunos signos en el umbral del nuevo milenio, y la tercera los resume con plenitud de luz, vida, esperanza y sabor universal. Todo este conjunto de poemas le habla al lector en dos niveles bien definidos y relacionados el uno con el otro; el primero es su alma sensitiva: lo dicho y lo no dicho, donde la sensibilidad, adquirida en ese peregrinaje por los paisajes de la vida, se adhiere al lenguaje, a fin de deconstruir, conmocionar, movilizar y evocar otras realidades diferentes de la existente; el segundo nivel, su alma intelectiva: la técnica que, en complicidad con el lenguaje, procura los efectos anteriores. Nuestro texto será analizado limitadamente con base a estos dos niveles. Helo aquí:


Perfume salvaje

Perfume

que huele

de arriba

post-modern hedor

¿No es al que hiedes

de pies


a bajo a cabeza

a esencia salvaje

de prado solo

en cada paso

ya en tus huesos?

de solo
s
o
l
o:
 







 

 

 

 

 

Lenguaje y estrategias


Este texto es lírico por excelencia. Aunque el “yo” es un recurso discreto, respira y transpira una experiencia personal que, a través de su técnica y lenguaje, evoluciona hasta convertirse en una voz colectiva universal. El sujeto lírico maneja un alto nivel de expresión poética saturada de simbolismos, deconstrucción y sueño utópico. Todo ello con base a su propio punto de vista ideológico y temporal. El lenguaje y la técnica son reveladores. Estos, en el mundo del texto, evidencian no solamente la tensión existente entre "esencia salvaje" y "post-modern hedor", sino también la consecuente deconstrucción de la realidad concreta y, por ende, la evocación de otra(s).

A nivel de lenguaje, es de notarse en el texto la transformación semántica, cuyo resultado desencantará los simbolismos usados —que disimulan y revelan— y, sobre todo, cualquier idea romántica que su título pueda evocar. La transformación de "perfume" a "esencia salvaje" y luego a "hedor" (perfume> esencia> hedor) es central en el texto, que más allá de su nivel semántico produce en el lector un efecto de ironía sutil: no es perfume alguno, sino hedor lo que atraviesa todo: de arriba a bajo y de fuera a dentro (en los pasos y en los huesos); este hedor es salvaje y posmoderno (post-modern) en el sentido, podría decirse, más cruento de los términos.

Este hedor es salvaje no por estar libre sensibilidad y civilización, que sería el sentido romántico, sino por destructor y desgarrador. Es posmoderno no sólo por estar saturado de cultura globalizada, sino también, por el mismo hecho, por propiciar el individualismo, una especie de mortífera maquinización, masificación y deshumanización, a todo lo cual huele el mismo contexto urbano al estar atravesado a tal punto que queda descarnado.

A nivel de técnica hay que notar la estructura lingüística del texto que, apoyada por la musicalidad o nivel fónico (ritmo, cadencia y acento), es reveladora. El modo en que se cortan y colocan los versos produce un especial efecto lírico y satura al texto de una de sentido; otorga una independencia ácida a cada uno que va a revertirse en el siguiente; después del quinto verso, la partición de las palabras libera una pluralidad de sentido: "de prado solo" suena al oído del lector a "depredo solo" , y el "de solo" evoca el verbo "desolar".

A la estrategia anterior habría que añadir la disgregación del término "solo" (octavo verso), por lo cual cada letra se queda también sola, produciendo una operación sonora de transformación del lenguaje, que finalmente permite la traducción siguiente: perfume /esencia salvaje = post-modern hedor. El tema de la soledad o, mejor, el perfume o el hedor de la soledad se conjuga, entonces, con la depredación y desolación, reinantes en la cultura posmoderna urbana. La pregunta retórica del sujeto lírico, hecha con base a lo que se contempla en las calles de nuestras megaciudades, patentiza la universalidad de este hedor, depredación y desolación.

A estas alturas del análisis, al lector le queda claro no solamente la idea detrás del simbolismo que controla el texto, sino también el mundo subyacente del texto y el punto de vista ideológico que lo satura. El/la lector/a (incluido/a, por ejemplo, en el verbo "heder" conjugado en segunda persona del singular-"hiedes"), el interpelado que está ahí con el sujeto lírico que habla y que se convierte en cada uno de nosotros, percibe y experimenta también la deconstrucción y la evocación de otra(s) realidad(es) diferente(s) a la(s) existente(s), realizadas con discreción.


El mundo y el poder del texto

El mundo interno del texto está relacionado con el referente, es decir, el mundo real, la sociedad o el tiempo histórico el poeta. En éste reverbera una inconformidad, indignación y lucha contra la desolación y anomia que atestigua el urbanismo en general. Es el punto de vista ideológico del poeta y de su texto, que transpira solidaridad e intenta recrear su realidad o, en su defecto, sin evasión alguna, evocar otra(s) en idilio con lo sublime, es decir, la vida plena y repleta de solidaridad y fraternidad que la globalización actual hiere, angustia o asfixia. Así, pues, es también deconstruida la paradoja de esta globalización, que es la de colocarnos el mundo a nuestro alcance, pero tornarnos a la vez inaccesibles al otro.

El poder y relevancia del discurso poético quedan así sintetizados en nuestro texto: ella parte de un descontento o indignación solidaria con la realidad, y de un deseo de recrearla. Si bien no logrará tales cosas insofacto, con su lenguaje, técnica y efectos concientiza al lector, fermento fundamental para el cambio y la esperanza. De modo que corolariamente nos hace ver lo que también es la poesía: sensibilidad, solidaridad, descontento, denuncia y deconstrucción en pro de un nuevo Edén. Es su poder desplegado en voz baja, susurro o discreción, con uno corolario: a) concientización y, quizás, movilización, fruto de haber oído y entendido lo que le poeta susurra, y b) conversión en voz colectiva universal, a lo cual la poesía siempre ha aspirado.

Los poetas y las poetas, entonces, hablan relevantemente, aunque en algunos casos en voz o tono bajo o discreto. Por eso, hay todavía un lugar para ellos y ellas y su producto en la realidad cultural posmoderna, que cada vez se nos presenta más dolorosa y nos incita a la protesta, la indignación y a la figuración de otra(s) realidad(es) ahora o, con mayor certeza, mañana, en el kairós (tiempo decisivo) de Dios, el Señor de la historia.


NOTAS:

*Poeta, ensayista, crítico literario y teólogo evangélico ecuatoriano. Es miembro del Foro Nueva Poesía Hispanoamericana; sus textos han sido publicados en la antología Nueva Poesía Hispanoamericana (Lima, Perú: Lord Byron, 2003 y 2004) y en otras revistas literarias importantes.

(1) Sin embargo, estoy consciente de que mi propuesta de la interdependencia de la lírica en relación con el influjo de la realidad no es totalmente nueva ni extraña a nuestra ensayística, ya que, de una u otra manera, ha estado en el centro de la misma a nivel no sólo latinoamericano, sino también europeo; véase Kepa Murua (ed.), ¿Qué puede la poesía?, Editorial Bassari, Bilbao, 2002.

(2) La naturaleza peculiar de este género, uno de los más antiguos y universales, es, desde sus orígenes, su alto nivel de subjetividad y su profundo alejamiento de la épica y la lógica racional. “Por ser subjetiva”, opina Celso Medina, “riega todo su discurso del Yo. Por ser antiépica, exalta el instante, torna humanísimo al hombre... Como dirían hoy los teóricos de la comunicación, la poesía lírica es profundamente entrópica. Vive en una dialéctica: tiene que vivir con autonomía, pero debe transmitir significados. Esa autonomía le permite ser un género poco dado a mostrar la realidad directamente”; “La poesía en el desierto posmoderno”, www.ucm.es/info/espéculo/número11/des_post.html.

(3) Otros hablarían de un poder de “redención”, o de “regeneración moral”. Pero atribuirle esa clase de poder sería demasiado para un discurso totalmente humano.

(4) Subcontinente agobiado, como dijera alguien, por la retórica y corrupción política, pobreza y la injusticia, y condicionado por la cosmovisión posmoderna "intelectual" —la de los filósofos, sociólogos y literatos— y aquella de la "calle" —la que se detecta en el grueso de la población, aún entre la que no habría entrado previamente a la modernidad propiamente dicha. Aunque todo depende de la lente con que se la evalúe, la cultura posmoderna, fenómeno difuso y multiforme, en su búsqueda por construir nuevos o quizás actualizar viejos fundamentos de nuestra civilización, tiende no solamente a hacer de la sociedad una cada vez más caótica, mecanizada e hiperindividualista, sino también a relativizar valores como aquel de la solidaridad y a promover el gusto por lo light o lo trivial en todos los campos, incluso en el literario; cp. http://www.3smu.org.uy/publicaciones/noticias/separ115/art-19.pdf; véase el ensayo crítico del poeta y ensayista colombiano Carlos Fajardo, “Poesía y postmodernidad. Algunas tendencias y contextos”, en http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/posmoder.html.

(5) Expresión de Mario Vargas Llosa al referirse a la literatura en general, en “La literatura es una hermosísima mentira”,Stylus (2000) 74-76.

(6) En “Qué puede hacer la poesía”, ¿Qué puede la poesía?: 16. Sin embargo, Juaristi, olvida que, como opinaba Antonio Machado, no hay poesía sin ideas o sin visiones de lo esencial; además, este autor, por un lado, pareciera reducir la poesía a sentimientos sin ideas—por lo menos aquellas de peso contextual— y a un simple “hacer con las palabras”—que no tiene ideas que comunicar; por otro lado, si la poesía no puede cambiar el mundo, ¿cómo es que puede, entonces, ayudar a la regeneración moral de la sociedad? La incongruencia de Juaristi es evidente.

(7) Esta naturaleza de fondo también cuenta en el inmenso mundo de la literatura. Aunque los autores siguientes se refieren específicamente a la novelística, véase la opinión de Mario Vargas Llosa, en Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, Mario Vargas Llosa: Literatura y Política, Editorial Planeta Mexicana, México, 2001, pp. 43-72, y de Eduardo Calero Jaramillo, “La literatura en la edificación del pensamiento humano frente al curso de la historia”, Memorias del Sexto Congreso Nacional y Segundo Regional de Historia y Geografía, ed. por Fausto Silva Montenegro, Editorial Pedagógica Freire, Guaranda, Ecuador, 1999, pp. 25-36. Habría que reconocerse que toda creación literaria es, en alguna medida, un reflejo de la realidad y, como tal, un producto ideológico. Como lo subrayo a lo largo del ensayo, lo dicho no significa que el discurso poético deba convertirse en frío discurso cerebral, o, mucho menos, a los ojos de la “hermenéutica de la sospecha”, en panfleto político; uno debiera estar consciente que no son sólo las ideas ni la ideología política o religiosa, a la cual, consciente o inconscientemente, está adherido (a) un (a) autor (a), lo que necesariamente le conferirá rango artístico literario. Con todo, la poesía sin ideas de peso contextual corre el riesgo de convertirse en un discurso excesivamente irrelevante, egocéntrico y quizás burgués.

(8) En Latinoamérica, uno de esos momentos lo constituyen las obras vanguardistas de mediados del siglo xx. Estas obras fueron consideradas revolucionarias y subversivas no solamente por sus novedosas técnicas y su novedoso lenguaje, sino también por su incorporación de temas de hondo contenido social y político. Aquí mismo en Latinoamérica, otro de esos momentos lo constituye la poesía que actualmente se está escribiendo en algunos círculos, que, apuntando a nuevos cánones, intenta deconstruir, por ejemplo, los prevalecientes clichés machistas del binario hombre/ mujer, y rescatar la cotidianidad con un lenguaje directo desafiante y, por lo tanto, alejado del lirismo. Es la llamada “antipoesía”, en boga en los talleres de poesía; ver la nota 32.

(9) En “El poeta, enemigo del moralista”, Prensa Libre, Guatemala, Guatemala, 14 de agosto de 1993, p. 12.

(10) Esta economía somete a las nuevas generaciones a una dictadura económica, con graves consecuencias para la literatura y aún para la vida misma en contextos como los latinoamericanos.

(11) A todo ello se debe añadir el suicidio cultural impuesto generalmente, en el mejor de los casos, por los medios masivos de comunicación a través de una amplia divulgación de productos comerciales, pero de pobre calidad literaria; además, la promoción que ellos suelen hacer del talento literario aún de los escritores “canonizados” es mínima o nula.

(12) En Poema y diálogo, trad. por D. Najmías y J. Navarro, Gedisa, Barcelona, 1999, pp. 107-08.

(13) Es decir, un discurso verbal autosuficiente, en el cual tampoco cuenta, entre otras cosas, la intención original de su autor /a, sino lo que sus lectores puedan y quieran ver en el mismo.

(14) Así, Abdón Ubidia, “Cuatro tesis de las corrientes narrativas (Ecuatorianas y Latinoamericanas)”, Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana: Memorias 2 (4-8 de agosto de 1997) 158-163.

(15) Ciertamente, según mi opinión, de un modo u otro, toda poesía sería solidaria con la historia, aunque unas lo hagan menos conscientes que otras; véase, por ejemplo, la obra de la poeta ecuatoriana Teresa León, Cantos finiseculares, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, Ecuador, 1984; esta obra eminentemente lírica y aparentemente ajena a la realidad, en un nivel del discurso reacciona contra determinadas realidades contextuales.

(16) En “La realidad y la palabra”, Letras del Ecuador 180 (1995) 51, Mario Benedetti opina que en la poesía actual latinoamericana se está dando esta ligación, y agrega: “...conviene recordar que cada texto tiene su contexto y a él se vincula. Un texto de hoy solo se origina en las tensiones internas del creador; también puede emanar del subsuelo de la calma o de las a menudo feroces tensiones de la realidad”. Piénsese, por ejemplo, en la novelística del peruano Mario Vargas Llosa, o del colombiano Gabriel García Márquez; en relación a éste último autor, véase Luis Javier Hernández Carmona, “El ocaso del poder como alegoría latinoamericana en tres novelas de Gabriel García Márquez”, Jornadas Andinas de Literatura 2, pp. 131-136. Nótese, además, que el escritor húngaro Imre Kertesz habría de ganar el Nóbel de Literatura 2002 por haber explorado en sus novelas, que suelen centrarse en su experiencia en un campo de concentración nazi, una temática eminentemente contextual: cómo los seres humanos sobreviven a situaciones bárbaras.

(17) Vargas Llosa, “La literatura”: 75.

(18) Cátedra Alfonso Reyes, Mario Vargas Llosa: 56.

(19) En, “La literatura en la edificación”: 28.

(20) Ibid: 32; cp. las páginas 35-36 de este mismo artículo de Calero Jaramillo.

(21) Pues, si bien el mundo que refleja es muchas veces parecido al nuestro, éste suele ser ideal y hasta irreal, ya que, a los ojos del poeta lírico, todo parece ser bello, incluso lo feo, lo horrible o lo atroz.

(22) En esto tienen razón quienes, como Juaristi, opinan que la poesía no puede cambiar el mundo. Como ya dije, un discurso humano e imperfecto como el poético es imposible que tenga esa clase de alcance, aunque pueda cautivar, persuadir y hacer de sus lectores ciudadanos más sensibles, alertas y críticos, y ofrecerles nuevos lentes para leer su realidad. Por eso los poetas suelen ser los mejores críticos y filósofos.

(23) Se sabe que también a este último muchos posmodernos parecieran temer y evitar porque, según argumentan, revela una voz “autoritativa”, propio de políticos y predicadores, con los cuales basta.

(24) En Cátedra Alfonso Reyes, Mario Vargas Llosa, p. 58.

(25) Ibid: 59.

(26) Ibid. Entonces, agrega este autor (en esta misma página), cuando el lector regresa de su lectura el cotejo de ese mundo literario con el real es inevitable y difícilmente se contentará, como alguien resignado y fatalista, con ese mundo en el que vive. Estará en perpetua exigencia de algo distinto y mejor.

(27) Saint John Perse, poeta y diplomático francés, en su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura en 1960. Material fotocopiado para el taller de poesía en la Universidad San Carlos de Guatemala el 22 de octubre de 1998.

(28) Vicente Huidobro, en una conferencia dictada en el Ateneo de Madrid, España, en 1921.

(29) El "sujeto lírico" es, como se sabe, la voz que desde dentro del "mundo" del texto frecuentemente habla o piensa desde su propio punto de vista; con base a éste, guía la lectura y conjuga armoniosamente, entre otras cosas, la emoción, la ira y la utopía. Se convierte en excesivamente audible cuando en el texto se lo privilegia a tal punto que excluye al lector y vuelve al discurso poético demasiado intimista y, por lo tanto, poco relevante para el contexto y poco universal.

(30) La literatura es fuego, inconformismo, rebelión; la razón de ser del escritor es la protesta y la crítica, aún cuando su discurso pueda sonar fatalista urbano para algunos, especialmente cuando no se lee el aura luminosa de esperanza y utopía que lo envuelve.

(31) Cp. Teresa León, "Octavio Paz y la poesía", Altiplano 17 (1998): 33, citando a Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe (sin datos ni número de página citada); contra la tendencia filosófica de la crítica literaria contemporánea que, como más adelante se verá, tiende a defender la autonomía total de la obra literaria.

(32) Dígase "realista", "antipoética" o arte "pop".

(33) Ver, en Cátedra Alfonso Reyes, Mario Vargas Llosa, pp. 68-72, la crítica aguda y las consecuencias que Vargas Llosa observa en la comunidad política cuando ésta intenta "vacunarse totalmente contra la literatura". Una de esas consecuencias, además del pragmatismo y el desaparecimiento de toda forma de ideal, es un lenguaje incompresible y sonando a mero ruido y música cansada al habérselo convertido en secuencia interminable de estereotipos y clichés. Así concluye diciendo: "...habría que convencer a los políticos de que leer buena literatura no es perder el tiempo..., sino que debería ser un ingrediente esencial en su formación" (p. 70).

(34) Lastimosamente no tengo en mis manos la ponencia original de Cuadra, pero Margarita Carrera, en "La clase política vista por un poeta", Prensa Libre, Guatemala, Guatemala, 14 de marzo de 1997, p. 14, da un buen resumen de la misma. Sin embargo, la propuesta filosófica y poética de Cuadra parece demasiado ideológica; por lo tanto, no puede ser seguida acríticamente, mucho más ahora cuando han desaparecido las viejas ideologías y utopías modernistas como la marxista.

(35) Carrera, “La clase política”, p. 14.

(36) Ibid.

(37) En “¿Para qué la poesía?, www.ucm.es/info/espéculo/número22/paraque.html

(38)Ver Jean-François Lyotard, La Posmodernidad, trad. por Enrique Lynch, Gedisa, Barcelona, 1999; Alain Touraine, Crítica de la Modernidad, trad. por Alberto Luis Bixio, Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

(39) Carlos Bazante M., "Algo sobre la cultura en la Provincia de Bolívar", Altiplano 15 (1994) 25.

(40) Carrera, “la clase política”, p. 76. Ver la lectura que Emilia Virginia Acosta hace de cuatro poetas argentinas en “Levedad y peso. Lo escrito y lo no escrito en Traspié de Alicia Poderti”, JALLA 1 (4-8 de agosto de 1997) 4-10.

(41) Las “etiquetas” contribuyen a tal marginación y a verla como intrusa en los círculos light y de la pura perfección artística o del “arte por el arte”.

(42) Ver mi ensayo “La historicidad del texto y el papel del texto en la interpretación poética”, Kairós 29 (2002) 59-75, especialmente.

(43) En Verdade e Método: Traços fundamentais para uma hermenêutica filosófica, trad. por Flávio Paulo Meurer, Vozes, Petrópolis, Brasil, 1999, pp. 431-432.

(44) El concepto de ideología del texto es usado en este contexto con un sentido, diría, descriptivo, no negativo. Es el cuerpo de ideas afines y homólogas en asuntos, por ejemplo, filosóficos, estéticos, éticos, religiosos y políticos, con base al cual la vida de un grupo social es estructurada en un sistema de códigos, y al que , como ya se dijo, cada autor, conscientemente o no, se adhiere; es por eso que el concepto de "realidad" es relativo y la transposición de la misma al texto, cualquiera que éste sea, es parcial, ya que cada autor tiene su propia perspectiva de ella, según la ideología que sustente y que le permita pensar, ver, decir, aceptar, rechazar, imaginar, o quizás imponer. La ideología, a mi modo de ver, viene a ser inevitable para todos, y es la que está detrás de la producción de un texto literario o de otra índole.

(45) Por "centralidad en el texto" entendemos aquel aspecto hermenéutico en el que el texto tiene un lugar prioritario en el proceso de lectura, ya que en este proceso el lector no es la única fuerza prioritaria. Por eso es que, en algunos círculos hermenéuticos bíblicos-teológicos, para la lectura del texto bíblico se ha propuesto la hermenéutica espiral que consiste en un diálogo dialéctico en el cual el lector interactúa conscientemente con el texto permitiendo que sea éste, no sus propias perspectivas u horizontes, su guía en el proceso de lectura. De modo que es el lector quien viene a alinear su horizonte con el del texto.

(46) No hay, pues, lector que pueda acercarse a un texto, cualquiera que este sea, "químicamente puro", es decir, sin que su horizonte cultural o de otra índole interfiera en su lectura del texto. Algo que la crítica literaria en general debiera es estar consciente de esta imposibilidad y, no obstante, esforzarse por alcanzar, en el proceso de lectura, cierto grado de objetividad y, así, trascender los contextos sociopolíticos y culturales de los textos, dejarse modificar por el texto las precomprensiones que prueben ser erróneas y no reducir la tarea interpretativa a simple actividad intelectual. Si bien, aún así, los resultados serán siempre limitados, tendría menos riesgo de hacer decir a la obra más de lo que intentó su autor original. Basta leer una crítica de obras de autores “canonizados” para constatar lo que afirmo.

(47) Entre las cuales se encuentran las siguientes: el distanciamiento cronológico, cultural y aún existencial que separa a su autor de su intérprete, especialmente cuando se trata de obras clásicas; la polisemia del lenguaje artístico; la dificultad en reconstruir el contexto literario original que subyace detrás del texto; el significado de un texto nunca es autónomo del contexto del texto y del intérprete; un autor suele decir más de lo que él estaría consciente.

(48) Pero aún con su destreza, uno debe reconocer, que este “ideal lector”, fabricado por los dictados del texto, no estaría libre de imponer su propio horizonte sobre el texto.

(49) Pues, como opina la poeta argentina Karina A. Maccio en una correspondencia con ella: “...emprender riesgos, tanto en la escritura como en la lectura, es para mí parte de la tarea poética: significa intentar (aunque también fracasar), ir más allá...también ampliar o renovar el filtro que nos permite decodificar la realidad, ‘la cárcel del lenguaje’...”. Es claro que estos riesgos son mayores en obras que al crítico no le son propias, pues el único capaz de aprehender el total y exacto sentido de un texto es realmente su propio autor.

(50) Pero que incentiva la imaginación de lector, con base a la cual éste es capaz de recrear lo callado o lo discreto, siguiendo las pistas que le da el propio texto.

(51) El "ideológico" tiene que ver con lo anotado en la nota 44, y el "temporal" con el espacio geográfico y experimental desde donde se oye la voz y murmullo del sujeto lírico. Es en este sentido que concuerdo que el proceso de escritura de una obra es afectado de algún modo por los fenómenos culturales o sicológicos, según opinan las posmodernas teorías literarias propuestas por deconstructivistas como Michael Foucault; ver Stephen Cox, “Foundations Study Guide: Literary Theory”, http://www.objectivistcenter.org/articles/foundations_literary-theory.asp.

(52) Nótese que el término inglés “post-modern” no solamente alude a una cosmovisión que es extranjera y globalizada, sino que también, con su guión en el medio, se referiría a lo construido mecánicamente y al lenguaje técnico que satura la cultura posmoderna actual. Es interesante ver por qué el poeta lo usa.

(53) Por cierto, este elemento fónico, que une el ritmo del sentido objetivo con el sonido, se evidencia más claramente si se leyera el texto en voz alta. Pareciera, entonces, que este texto fue escrito precisamente para ser leído de este modo.

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