Como si de afluentes de un mismo y caudaloso río
se tratase, la relación entre Oriente y Occidente
ha sido, desde tiempos remotos, una constante en todos los
ámbitos vitales. Unidos por el incesante trasvase
de almas y mentes inquietas que se forjaron por los difíciles
caminos que unían ambas civilizaciones, las huellas
de una y otra cultura se confunden en sus habitantes, en
sus ciudades y, como no, en sus libros.
De entre estos, uno de los que se erige como crisol entre
una y otra cara de nuestro mundo es el clásico universal
Las mil y una noches.
Esta recopilación de cuentos de las culturas persa,
hindú, árabe y china sirve como espejo formal
y temático para toda la literatura occidental, asemejándose
a una vasta biblioteca de la que numerosos autores occidentales
han tomado prestado los libros que en sus anaqueles reposan.
De este modo, son múltiples las corrientes del pensamiento
occidental que se encuentran en Las mil y una noches.
Los ejemplos, como a continuación veremos, así
lo corroboran.
En
el aspecto formal, la disposición
de emisor y receptor que encarnan las figuras de
Sherezade y del rey Shariyar
se ha multiplicado en numerosos ejemplares literarios. El
más paradigmático, quizás, el de El
conde Lucanor. En la obra de Don Juan Manuel,
Patronio se convierte en el nuevo sirviente que, emulando
a Sherezade, ilustra a su amo con el relato de cuentos.
Al mismo tiempo y en un plano comunicativo superior, Don Juan
Manuel se convierte en el emisor de esos relatos que pone
en boca de Patronio y en la Sherezade particular para los
lectores, últimos destinatarios del fin moral y práctico
del libro. Sin llegar a la sensualidad ni al exotismo que
derrocha la hija del visir, Patronio consigue aleccionar al
conde y le hace modificar su actitud en ciertos problemas,
al igual que Sherezade consigue que el monarca desestime su
venganza contra las mujeres.
La
misma disposición la recoge El Quijote, otro
libro de libros. Son numerosas las ocasiones
en las que se reúnen personajes y cuentan historias
en las que emisores y receptores se alternan. Así ocurre,
por ejemplo, cuando Don Quijote se convierte en destinatario
de la historia de Grisóstomo y Marcela,
narrada por uno de los cabreros que encuentra en una de sus
primeras salidas.
Junto
a esta estrategia formal, centrada en el aspecto pragmático,
la disposición de caja china, consistente
en insertar una historia dentro de otra, ha dado, de igual
modo, un rendimiento excepcional en toda la literatura occidental,
relacionado en la mayoría de ocasiones con literatura
de tipo aleccionador o moralizante. La podemos encontrar en
numerosos cuentos de Hans Cristian Andersen,
como El cofre volador. Su protagonista, un cuentacuentos
con una excelente imaginación y una gran habilidad
para contar historias, relata un cuentecillo a unos sultanes
para conseguir la mano de su hija. Andersen, además,
sitúa con frecuencia sus relatos en escenarios de Oriente,
que bien podrían ser los que Sherezade recrea en sus
narraciones. Así ocurre en el cuento titulado El
ruiseñor, que trascurre en la corte del emperador
de China y que transmite al lector toda la suntuosidad y exquisitez
del lejano Oriente. El escritor danés puede que realizase,
de este modo, su pequeño homenaje a un libro que, a
buen seguro, le inspiraría en su fecunda producción.
Si
en el terreno formal Las mil y una noches ha sido
raíz para numerosas obras literarias, en el aspecto
temático, reúne un
abanico de tópicos que se extienden por las obras de
mayor calado ideológico de la literatura occidental.
En sus cuentos recoge los principios de la filosofía
oriental que, a través de la labor de figuras tan esenciales
como Carlomagno y Alfonso X El Sabio con sus respectivas Academias
y Escuelas, salpica a todos los periodos de la literatura
europea.
Uno
de los episodios de Las mil y una noches, el que
relata el viaje a la Ciudad de Bronce, muestra
a la perfección lo que acabamos de comentar. Los mensajes
que jalonan el camino de unos personajes encabezados por el
cortesano Talib para llegar hasta la legendaria Ciudad de
Bronce, donde, según el Corán, se guardaron
todos los libros y tesoros del mítico rey Salomón,
son sentencias lapidarias que fundamentan el saber occidental.
Así en la primera escala del viaje, al adentrarse en
el Castillo Negro, se encuentran con una serie de leyendas
que recrean lo que los romanos denominaron memento mori, por
los que se recuerda nuestra condición de mortales.
Destaca especialmente la que se haya en la estancia principal,
justo bajo la cúpula que corona el Castillo y que se
resume en estas palabras:
“Oh
tú que llegas a este lugar, aprende, con esto que
aquí ves, la lección de los accidentes del
Tiempo y las vicisitudes de la Fortuna. Todo, absolutamente
todo en este mundo que pisas y habitas, es quimera y sueño.”
En
estas pocas palabras, centradas en recordar lo pasajero y
frágil de la vida humana frente a aquellas grandes
fuerzas como la Fortuna, se recogen ideas que articulan corrientes
ideológicas en algunos periodos de la civilización
occidental, en especial el período que comprende el
siglo XV, conocido en Historia de la Literatura como Prerrenacimiento,
y el Barroco.
Así
lo podemos corroborar al asomarnos a fragmentos de obras como
El laberinto de Fortuna de Juan de Mena,
obra alegórica del siglo XV en la que el autor crítica
a la diosa Fortuna su variabilidad, provocando el sufrimiento
y la tristeza en los seres humanos e incitándolos a
la prudencia a pesar de que momentáneamente la suerte
les sonría:
Tus
casos falaçes, Fortuna, cantamos,
estados de gentes que giras e trocas,
tus grandes discordias, tus firmezas pocas,
y los que en tu rueda quexosos fallamos; [...]
ca tu firmeza es non ser constante,
tu temperamento es destemperança,
tu más çierta orden es desordenança,
es la tu regla ser muy enorme,
tu conformidat es non ser conforme,
tú desesperas a toda esperança.
De
la misma etapa podemos citar la obra universal de Jorge
Manrique, las Coplas por la muerte de su
padre, que tiene en el tema de la fama y la pervivencia en
la memoria colectiva uno de sus temas principales. De hecho
no es casual que la obra empiece y acabe con dos palabras
que semánticamente se relacionan con el campo del recuerdo:
Recuerde
el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte (copla I)
que
aunque la vida perdió,
dejonos harto consuelo
su memoria.
(copla XL)
Ambos
términos, como dos solemnes puertas, resguardan la
importancia que debe tener para el ser humano del siglo XV
el recuerdo de nuestra condición de mortales, conectando
así con los memento mori que hemos apuntado arriba.
Al igual que Mena, Manrique también utiliza el tópico
de la variabilidad de la Fortuna, para recordar al ser humano
su fragilidad ante las grandes potencias del Universo:
Los
estados y riqueza,
que nos dejen a deshora
¿quién lo duda?
no les pidamos firmeza,
pues son de una señora
que se muda.
Que bienes son de Fortuna
que revuelven con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa. (copla
X).
Por
último, de igual modo que a los habitantes del Castillo
no le sirvieron de nada las grandes riquezas que amasaban
y pasaron al olvido más absoluto, Manrique hace hincapié
a la futilidad de acumular bienes materiales que no van a
vencer a la muerte. Se desarrolla así en ambos textos
el tópico del Ubi Sunt, que con reminiscencias grecolatinas
recreó el poeta en sus coplas:
¿Qué
se hicieron las damas,
sus tocados y vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían? (copla
XVII).
Como
culminación a este viaje, los personajes que dirige
Talib llegan hasta la Ciudad de Bronce, en cuya estancia principal,
como en el Castillo Negro la última leyenda de la expedición
les espera:
“Si
has llegado hasta aquí, aprende que no debes confiar
en este mundo efímero: todo en él es sueño
y mentira”.
Como si de un eslogan publicitario se tratase, estas palabras
resumen el espíritu del Barroco y nos llevan a una
de las obras que mejor lo supo recoger, La vida es sueño,
de Calderón de la Barca. Lo comprobamos
en el famoso monólogo de Segismundo:
y
en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
A
la vista de los ejemplos que hemos seleccionado, parece inconcebible
pensar en Oriente y Occidente como dos mundos dispares. Muy
al contrario, libros como Las mil y una noches nos
demuestran que ambas culturas, con igual esfuerzo y acierto,
han ido apilando los libros de una gran biblioteca universal,
repleta de las mismas ideas, los mismos sueños y las
mismas esperanzas.
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