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Álvaro Giménez García

Las Mil y una Noches, Biblioteca de Occidente


Como si de afluentes de un mismo y caudaloso río se tratase, la relación entre Oriente y Occidente ha sido, desde tiempos remotos, una constante en todos los ámbitos vitales. Unidos por el incesante trasvase de almas y mentes inquietas que se forjaron por los difíciles caminos que unían ambas civilizaciones, las huellas de una y otra cultura se confunden en sus habitantes, en sus ciudades y, como no, en sus libros. De entre estos, uno de los que se erige como crisol entre una y otra cara de nuestro mundo es el clásico universal Las mil y una noches.

Esta recopilación de cuentos de las culturas persa, hindú, árabe y china sirve como espejo formal y temático para toda la literatura occidental, asemejándose a una vasta biblioteca de la que numerosos autores occidentales han tomado prestado los libros que en sus anaqueles reposan. De este modo, son múltiples las corrientes del pensamiento occidental que se encuentran en Las mil y una noches. Los ejemplos, como a continuación veremos, así lo corroboran.

En el aspecto formal, la disposición de emisor y receptor que encarnan las figuras de Sherezade y del rey Shariyar se ha multiplicado en numerosos ejemplares literarios. El más paradigmático, quizás, el de El conde Lucanor. En la obra de Don Juan Manuel, Patronio se convierte en el nuevo sirviente que, emulando a Sherezade, ilustra a su amo con el relato de cuentos. Al mismo tiempo y en un plano comunicativo superior, Don Juan Manuel se convierte en el emisor de esos relatos que pone en boca de Patronio y en la Sherezade particular para los lectores, últimos destinatarios del fin moral y práctico del libro. Sin llegar a la sensualidad ni al exotismo que derrocha la hija del visir, Patronio consigue aleccionar al conde y le hace modificar su actitud en ciertos problemas, al igual que Sherezade consigue que el monarca desestime su venganza contra las mujeres.

La misma disposición la recoge El Quijote, otro libro de libros. Son numerosas las ocasiones en las que se reúnen personajes y cuentan historias en las que emisores y receptores se alternan. Así ocurre, por ejemplo, cuando Don Quijote se convierte en destinatario de la historia de Grisóstomo y Marcela, narrada por uno de los cabreros que encuentra en una de sus primeras salidas.

Junto a esta estrategia formal, centrada en el aspecto pragmático, la disposición de caja china, consistente en insertar una historia dentro de otra, ha dado, de igual modo, un rendimiento excepcional en toda la literatura occidental, relacionado en la mayoría de ocasiones con literatura de tipo aleccionador o moralizante. La podemos encontrar en numerosos cuentos de Hans Cristian Andersen, como El cofre volador. Su protagonista, un cuentacuentos con una excelente imaginación y una gran habilidad para contar historias, relata un cuentecillo a unos sultanes para conseguir la mano de su hija. Andersen, además, sitúa con frecuencia sus relatos en escenarios de Oriente, que bien podrían ser los que Sherezade recrea en sus narraciones. Así ocurre en el cuento titulado El ruiseñor, que trascurre en la corte del emperador de China y que transmite al lector toda la suntuosidad y exquisitez del lejano Oriente. El escritor danés puede que realizase, de este modo, su pequeño homenaje a un libro que, a buen seguro, le inspiraría en su fecunda producción.

Si en el terreno formal Las mil y una noches ha sido raíz para numerosas obras literarias, en el aspecto temático, reúne un abanico de tópicos que se extienden por las obras de mayor calado ideológico de la literatura occidental. En sus cuentos recoge los principios de la filosofía oriental que, a través de la labor de figuras tan esenciales como Carlomagno y Alfonso X El Sabio con sus respectivas Academias y Escuelas, salpica a todos los periodos de la literatura europea.

Uno de los episodios de Las mil y una noches, el que relata el viaje a la Ciudad de Bronce, muestra a la perfección lo que acabamos de comentar. Los mensajes que jalonan el camino de unos personajes encabezados por el cortesano Talib para llegar hasta la legendaria Ciudad de Bronce, donde, según el Corán, se guardaron todos los libros y tesoros del mítico rey Salomón, son sentencias lapidarias que fundamentan el saber occidental. Así en la primera escala del viaje, al adentrarse en el Castillo Negro, se encuentran con una serie de leyendas que recrean lo que los romanos denominaron memento mori, por los que se recuerda nuestra condición de mortales. Destaca especialmente la que se haya en la estancia principal, justo bajo la cúpula que corona el Castillo y que se resume en estas palabras:

Oh tú que llegas a este lugar, aprende, con esto que aquí ves, la lección de los accidentes del Tiempo y las vicisitudes de la Fortuna. Todo, absolutamente todo en este mundo que pisas y habitas, es quimera y sueño.”

En estas pocas palabras, centradas en recordar lo pasajero y frágil de la vida humana frente a aquellas grandes fuerzas como la Fortuna, se recogen ideas que articulan corrientes ideológicas en algunos periodos de la civilización occidental, en especial el período que comprende el siglo XV, conocido en Historia de la Literatura como Prerrenacimiento, y el Barroco.

Así lo podemos corroborar al asomarnos a fragmentos de obras como El laberinto de Fortuna de Juan de Mena, obra alegórica del siglo XV en la que el autor crítica a la diosa Fortuna su variabilidad, provocando el sufrimiento y la tristeza en los seres humanos e incitándolos a la prudencia a pesar de que momentáneamente la suerte les sonría:

Tus casos falaçes, Fortuna, cantamos,
estados de gentes que giras e trocas,
tus grandes discordias, tus firmezas pocas,
y los que en tu rueda quexosos fallamos; [...]
ca tu firmeza es non ser constante,
tu temperamento es destemperança,
tu más çierta orden es desordenança,
es la tu regla ser muy enorme,
tu conformidat es non ser conforme,
tú desesperas a toda esperança.

De la misma etapa podemos citar la obra universal de Jorge Manrique, las Coplas por la muerte de su padre, que tiene en el tema de la fama y la pervivencia en la memoria colectiva uno de sus temas principales. De hecho no es casual que la obra empiece y acabe con dos palabras que semánticamente se relacionan con el campo del recuerdo:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
(copla I)

que aunque la vida perdió,
dejonos harto consuelo
su memoria
. (copla XL)

Ambos términos, como dos solemnes puertas, resguardan la importancia que debe tener para el ser humano del siglo XV el recuerdo de nuestra condición de mortales, conectando así con los memento mori que hemos apuntado arriba. Al igual que Mena, Manrique también utiliza el tópico de la variabilidad de la Fortuna, para recordar al ser humano su fragilidad ante las grandes potencias del Universo:

Los estados y riqueza,
que nos dejen a deshora
¿quién lo duda?
no les pidamos firmeza,
pues son de una señora
que se muda.
Que bienes son de Fortuna
que revuelven con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa.
(copla X).

Por último, de igual modo que a los habitantes del Castillo no le sirvieron de nada las grandes riquezas que amasaban y pasaron al olvido más absoluto, Manrique hace hincapié a la futilidad de acumular bienes materiales que no van a vencer a la muerte. Se desarrolla así en ambos textos el tópico del Ubi Sunt, que con reminiscencias grecolatinas recreó el poeta en sus coplas:

¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados y vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?
(copla XVII).

Como culminación a este viaje, los personajes que dirige Talib llegan hasta la Ciudad de Bronce, en cuya estancia principal, como en el Castillo Negro la última leyenda de la expedición les espera:

“Si has llegado hasta aquí, aprende que no debes confiar en este mundo efímero: todo en él es sueño y mentira”.


Como si de un eslogan publicitario se tratase, estas palabras resumen el espíritu del Barroco y nos llevan a una de las obras que mejor lo supo recoger, La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Lo comprobamos en el famoso monólogo de Segismundo:

y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

A la vista de los ejemplos que hemos seleccionado, parece inconcebible pensar en Oriente y Occidente como dos mundos dispares. Muy al contrario, libros como Las mil y una noches nos demuestran que ambas culturas, con igual esfuerzo y acierto, han ido apilando los libros de una gran biblioteca universal, repleta de las mismas ideas, los mismos sueños y las mismas esperanzas.

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