Jaime
A. Fernández Gianzo |
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YUKIO MISHIMA, UN CABALLO DESBOCADO ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE |
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La pretensión de estas palabras no es clarear un espíritu tan portentoso, extremo, y acaso contradictorio, como fue el del escritor japonés Yukio Mishima. Si las interpretaciones psicológicas y psicoanalíticas han sido acometidas por entendidos, y una y otra vez revisadas, nada tenemos que decir que sea nuevo. Nos basta con recordar que nuestro japonés fue, y su obra es, carnadura de los grandes dilemas humanos que atenazan a Oriente y a Occidente. Luis Racionero, en su brillante ensayo Oriente y Occidente, escribe: “nada más representativo de la civilización japonesa que su arquitectura”, a la misma altura que sus jardines y la ceremonia del té. Sin embargo, la víspera del suicidio, Marguerite Yourcenar (Mishima o la visión del vacío) rememora que Mishima se despidió de sus padres “en su casita puramente nipona, modesto anejo de su ostentosa villa a la occidental”. Veamos esto como una metáfora para empezar a dilucidar que Kimitake Hiraoka, como verdaderamente se llamaba, llegó a ser defensor hasta la muerte del Japón tradicional precisamente porque estaba fuertemente “occidentalizado”, es decir, llegó a representarlo artística y vitalmente viniendo por el camino contrario, por el de la reacción. De hecho, pocos meses antes de su suicidio ritual criticó la “occidentalización” del Japón con un símbolo que tiene más de bíblico que de extremo-asiático: la serpiente. Declaró Mishima que “el Japón es víctima de la serpiente verde. No nos libraremos de esa maldición”.
En “Sobre el cuerpo” (Lecciones espirituales para jóvenes samuráis), Yukio Mishima confronta el concepto de belleza europeo (francés y griego) con el japonés, y nos escribe que “en Japón, el budismo no contempla ninguna forma de veneración por el cuerpo (…). En Grecia, el cuerpo se consideraba una realidad esencialmente hermosa y acrecentar su atractivo significaba desarrollarse humana y espiritualmente. En Japón, en cambio, los cultivadores de las artes marciales consideraban el ejercicio de estas disciplinas un acto completamente alejado del embellecimiento del cuerpo, pues para ellos era una forma de afirmar los valores espirituales”. Para Mishima el cultivo del cuerpo convierte a este en pura mercancía si no hay un culto preliminar: el “ennoblecimiento” físico ha de ser reflejo de una búsqueda espiritual. La concepción nipona cambió radicalmente con la II Guerra Mundial que, si bien no encarna el espíritu griego, si tiene una visión materialista y hedonista del cuerpo, valorando a los individuos por su aspecto exterior. Y lo chocante es que el orgullo de Mishima posando en los gimnasios tiene más de atleta griego que de artista marcial oriental.
Las dos primeras (Juana de Arco bajo una viril armadura medieval y el martirio de San Sebastián) mostraron al pequeño Kimitake una sensibilidad incomprensible en su mundo oriental; las dos últimas (el fornido campesino y los jóvenes en trance religioso) le revelaron un Japón desconocido, profundo, lejano a la estirada educación que recibía y a su infancia enfermiza. En los pilares de juventud, fuerza, tradición y divinidad, Mishima fundió Oriente con Occidente. Con menos de veinte años su conocimiento de la cultura japonesa clásica era muy superior al de la mayoría, pero de nuevo la componente occidental (no es ocioso subrayar que europea más que norteamericana) equilibra su bagaje cultural: fue ávido lector de clásicos grecolatinos, de Racine, Wilde, Mann, D’Annunzio, Proust, Cocteu…, si bien Europa le sirve más en su literatura para la forma que para el fondo, que en todo caso refuerza más el suyo. Luis Racionero (op. cit.) define a Extremo Oriente como un mundo “concéntrico”, encerrado en sí mismo, y a Occidente como un mundo “excéntrico”, lo que provoca sus constantes ansias aventureras, descubridoras y conquistadoras. Mishima rompe ese orden oriental prudente a su regreso de Grecia, cuando escribe El rumor del oleaje, reproducción a simple vista del mito de Dafnis y Cloe. Narra un amor en una isla japonesa que más bien parece griega, pero con un realismo tal que demuestra cómo la infección del nuevo estilo de vida llega aun a los lugares más puros y estáticos en el tiempo. Del mismo modo, el título de esa tetralogía que se considera una de las obras maestras de la literatura universal, El mar de la fertilidad, lo concede una llanura de ese erial que es la Luna y que se descubrió en época de Kepler y Tycho Brahe. El conocimiento que Mishima tiene de Occidente no es el del turista japonés que fotografía la Torre Eiffel y la Alhambra creyéndose inmerso en las raíces europeas. A menudo es fácil saber cuándo bebe de Oriente y cuándo de Occidente. Pero lo sublime es cuando estas dos mitades se unen en ideas que igualmente encontraríamos en Herman Melville, Platón y un haiku clásico, demostrando que ambos mundos tienen mucho en común. Que Mishima pueda acoplar ideas occidentales a su pensamiento sin caer en contradicciones (para evitarlas hay que empezar por desterrar los prejuicios) revela que en el fondo nos inquieta lo mismo, como seres humanos todos. Mishima era un puro romántico decimonónico, un nostálgico de los valores perdidos, y en realidad el ardor que impulsa su final no difiere del que hubo de sentir, por ejemplo, Mariano José de Larra. La forma aparatosa y con concesión al dolor que supone morir según el seppuku (en otro momento se contará lo chapucero que resultó), y el momento histórico en que Mishima se desjarretó con el sable quizá es lo que más nos choca. Una muerte tan genuinamente oriental en un mundo “occidentalizado” es una pura anacronía: en la Europa del XIX sólo hubiese impactado lo sangriento, y por supuesto exótico, del método escogido; fuera de eso nada. Larra se disparó ante un espejo por vivir y pensar en el apéndice de Europa, y Mishima por tener que escoger entre dos imperios sin aceptar el concepto de “perdedor” que le ofrecía EE.UU. En el escenario de alguien que quizá tenía miedo de no parecer lo suficientemente japonés (otro final habría invalidado su literatura), obra y vida, vida y muerte, Oriente y Occidente, se empujaron mutuamente hacia ese final. |
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BIBLIOGRAFÍA
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