| Visiones de Oriente y Occidente. Literatura y realidad |
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| “Oriente versus Occidente” es uno de tantos maniqueísmos en que ha incurrido la Humanidad desde épocas bien remotas. Todo busca su opuesto, aunque no se trate más que de un espejismo. Quizás la razón de ello sea la constante búsqueda de identidad a la que se ve sometido el hombre desde el momento en que nace. “Yo no soy esto, soy esto otro”. Pero, ¿quién puede acertar en una empresa de tal magnitud, cuando todo aquello que hemos sido, esto que somos y lo otro en que hemos de convertirnos es tan difuso? Occidentales y orientales hemos trashumado por aquí y por allá, unas veces con caballos de feroz resople y las espadas en alto, con hurras a las cruzadas y la yihad, otras, con el hato al hombro, plácidamente, y la mirada curiosa. La primera actitud surge del recelo, de la sospecha de que uno persigue el dominio y acabar con los márgenes de la identidad del contrario. “¡Que viene el Gran Turco, el lobo feroz!”, bien lo tuvo que sufrir en sus carnes el propio Cervantes, quien, con todo, no puede quejarse de la experiencia porque, ¿de qué otro modo hubiera compuesto obras como “Los baños de Argel”? ; “Abajo Occidente, cruel opresor, dueño de toda depravación y la degeneración de la especie”. ¿Por qué, por escuchar otros dictados amén del de los antiguos profetas? ¿Sólo ellos tienen la palabra? La otra actitud,
amiga del reposo, nace del instinto humano, del soplo de Prometeo, que
nos lleva a intentar ver la belleza del hombre más allá
de nuestros confines. Alejandro, hijo de Filipo, lo vio y por ello fue
Grande. Desde el puerto de Almería, con la alcazaba como testigo privilegiado, parte Boabdil, último rey zirí, rumbo a Fez, el lugar elegido para su exilio, exhalando su último suspiro al dejar atrás la Alhambra, y no abandona sólo Granada, último rescoldo andalusí; lo que deja atrás, tras setecientos años aproximadamente de historia, es su hogar a todos los efectos. De hecho, él mismo difiere en gran medida del prototipo de musulmán africano. Antonio Gala, en su novela El manuscrito carmesí, habla precisamente de esta paradoja. Un musulmán africano y un musulmán andalusí no son la misma cosa, aunque nos empeñemos en abrir sacos y arrojar en ellos personas como si fueran patatas. La Escuela de Traductores de Toledo, que tuvo su momento de máximo apogeo con el monarca Alfonso X el Sabio, es una prueba más del carácter fructífero de las relaciones entre judíos, musulmanes y cristianos. Gracias al trabajo de los sabios de las tres creencias llegan a nuestro conocimiento obras como el Libro de ajedrez, dados y tablas, con el que se introduce en nuestra sociedad el gusto por un juego de origen probablemente hindú y difundido por los árabes para delicia del occidental amante del juego estratégico. El mismísimo Napoleón Bonaparte adoraba este arte, como bien informa de ello Madame de Rémusat, dama de compañía de su esposa Josefina y autora de las memorias más fiables del famoso General. Precisamente a través de una de las anécdotas del general galo, llegan a mi conocimiento algunas ideas de Voltaire respecto al tema que nos ocupa. La historia se remonta a 1804 y tiene lugar no en el Café de la Régence, famoso cuartel general de los jugadores de ajedrez parisienses, sino en el Castillo de Malmaison. Allí se celebra una partida entre Napoleón y Madame de Rémusat. Esa misma noche, se fusilaba a uno de sus más duros adversarios, el duque de Enghien. Tras dar el jaque mate, Napoleón se levanta y pasea por la habitación, con su pose típica: las manos entrelazadas a su espalda, y murmura estos versos de la tragedia de Voltaire que lleva por título Alzira: “Los dioses a los que servimos conocen la diferencia. / Los tuyos piden la muerte y la venganza, / y los míos, cuando tu brazo acaba de asesinarme, / me ordenan que te compadezca y te perdone”. Estos versos, leídos así, descontextualizados, parecen apuntar a los dioses como los principales intrigantes e interesados en la división de los hombres y acaso sea ésa la causa del difícil entendimiento intercultural: el fanatismo. Precisamente, la Ilustración, y Voltaire es un claro exponente de ello, trata de luchar contra esa religiosidad a ultranza y de ahí que se le haya relacionado en algún momento con el antisemitismo, cuando quizás lo único que trataba de hacer el famoso humanista era una crítica a las cadenas que en ocasiones ciñen el cuerpo de algunos creyentes, sea cual sea su creencia y su origen; esto es, cualquier atisbo de irracionalidad que sujete al libre pensamiento. A su modo de ver, sólo una virtud puede salvar las brechas que separan a los individuos y a ella dedica un texto, el Tratado sobre la Tolerancia: "Soy yo sola la que os une a pesar vuestro por vuestras mutuas necesidades, incluso en medio de vuestras crueles guerras con tanta ligereza emprendidas, eterno teatro de los errores, de los azares y de las desgracias. Soy yo sola la que, en una nación, detiene las consecuencias funestas de la división interminable entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos estamentos y el clero, incluso entre los burgueses y los campesinos. Ignoran todos los límites de sus derechos; pero todos escuchan a pesar suyo, a la larga, mi voz que habla a su corazón”. Junto a la tolerancia, deberíamos añadir la curiosidad, la voluntad de comprender al otro. En este sentido, el S.XVIII tiene abundantes muestras de esa preocupación. En la ilustración española, destaca la figura de José Cadalso, quien en sus Cartas marruecas aboga por esta postura, cuando por boca de Gazel, el joven marroquí que se embarca en la aventura de tratar a las gentes de España y enviar por escrito sus conclusiones a su tutor Ben-Beley, dice: “Observaré las costumbres de este pueblo, notando las que le son comunes con las de otros países de Europa, y las que le son peculiares. Procuraré despojarme de muchas preocupaciones que tenemos los moros contra los cristianos, y particularmente contra los españoles”. (Carta I. Gazel a Ben-Beley). Es decir, que en ese proceso de observación es indispensable el despojarnos de los prejuicios que unas culturas tienen con respecto a otras. El propio Gazel tiene la sensación de haberse metido en la boca del lobo al auspiciar esa experiencia, voluntariamente, y confiesa así sus recelos y temores a su viejo maestro: “¿Qué será de mí en un país más ameno que el mío, y más libre, si no me sigue la idea de tu presencia, representada en tus consejos? Ésta será una sombra que me seguirá en medio del encanto de Europa; una especie de espíritu tutelar que me sacará de la orilla del precipicio; o como el trueno, cuyo estrépito y estruendo detiene la mano que iba a cometer el delito”. Es paradójica esta reflexión: por un lado, habla del encanto y amenidad de Europa, pero, por otro, reconocerlo supone estar a un paso del precipicio. ¿Entiende acaso Gazel libertad por libertinaje y teme quedar subyugado por el hechizo de una Europa frívola que eche por tierra las enseñanzas aprendidas de su virtuoso maestro? La liviandad occidental frente a la espiritualidad de Oriente es otro de los tópicos que siguen planeando sobre nuestras cabezas. Con todo, la atracción que el uno siente por el otro, ese supuestamente inverso, es más que evidente. El siglo XIX nos sorprende con una Europa romántica y escapista, que busca en el lejano Oriente un refugio contra la decadencia y el desgaste de Occidente. Los escritores románticos y modernistas se sienten atraídos por el pensamiento y el exotismo orientales, pero, como precisa el doctor Mohammed Abdo Hatamleh, en su libro El tema oriental en los poetas románticos del S.XIX(1) ese Oriente hacia el que escapan es “un Oriente desprovisto de entidad geográfica que sólo designa 'un vago epíteto de cosas indescriptibles', como afirma Díaz Plaja en su Introducción al estudio del romanticismo español”. La huella de la cultura árabe en nuestro mismo país atrae la atención de viajeros y artistas. Es lo que se ha llamado orientalismo español, que ejerció importante fascinación en no pocas plumas, entre otros, Washington Irving, Chateaubriand, Théophile Gautier, Richard Ford, Lord Byron... El tema morisco, la conquista de Granada, es motivo de muchos textos literarios, desde los romances fronterizos, de corte popular, a las obras de Zorrilla, hay un ingente esfuerzo por evocar toda la sensualidad y fastuosidad de una cultura que tuvo su apogeo y caída en nuestro suelo. Según la definición de Edward Said(2), el orientalismo es “aquella disciplina sistemática a través de la cual la cultura europea ha sido capaz de manipular e incluso dirigir Oriente, desde un punto de vista político, sociológico, militar, ideológico, científico e imaginario a partir del periodo posterior a la Ilustración.” En efecto, autores como Nerval, Víctor Hugo, Goethe, Flaubert y otros ayudaron, tras sus viajes (en especial, a Egipto, foco de peregrinaje y expediciones tras la conquista napoleónica) a configurar una red de tópicos de la que resulta difícil desprenderse a la hora de percibir Oriente. A todas luces vemos que no es lo que hemos imaginado. El arte no deja de ser una interpretación subjetiva y deformadora de la realidad, a la que siempre trata de estilizar por razones obvias. Otros escritores relevantes del mundo occidental, como J.L.Borges o Pablo Neruda, buscaron en Oriente no sólo un telón de fondo, una excusa literaria. La estancia en Asia, en el caso de éste último, ayuda al poeta chileno a entender, al margen de la tergiversación, a Oriente, y, al mismo tiempo, propicia una búsqueda de su propia entidad como occidental. Actualmente, atravesamos un momento ideal para profundizar en ese conocimiento mutuo, dada la multiculturalidad que coexiste en todas las sociedades, pero es necesario algo más que vivir puerta con puerta. Podemos compartir juntos el devenir de los próximos siglos y seguir siendo unos desconocidos. Es necesaria una convivencia real y un diálogo dirigido exclusivamente por fines filantrópicos. Decía Unamuno (en su obra Agonía del cristianismo) que sólo la fe en el hombre puede salvarnos del caos. Tal vez en las manos de esta verdad sola esté la clave para el encuentro. |
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NOTAS:
(1) Anel, Granada, 1972. |
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