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Genma M. Pardo

“DIETA DEL BOCADILLO” O “MÉTODO DE LA NO DIETA”
¿CON CÚAL DE LAS DOS TE QUEDAS?


Leía el otro día en la cama uno de los artículos de la revista ELLE, de su siempre “interesantísima y profundísima” sección de nutrición, titulado La dieta del bocadillo, a juicio. Y la verdad es que flipaba. Y no era para menos.

¿Un bocata relleno de jamón serrano para adelgazar? ¿Con grasilla y todo? (como el que hace amago de llevarse a la boca la chica de la fotografía del reportaje -tenéis que ver su cara, porque más que comerse un pan relleno parece que su intención sea la de ingerir otra cosa, también rellena, con perdón, pero de otra índole) ¡Imposible, pensé! Por lo que proseguí con la lectura minuciosa de cada una de aquellas palabras.

“El principio básico del régimen de Terica Uriol –farmacéutica, licenciada en Ciencia y Tecnología de los Alimentos– es la eliminación de la grasa en la dieta. Al dejar de incluirla en las comidas, el cuerpo utiliza su reserva acumulada atacando directamente el michelín”

Pero, ¿qué tendrá esto que ver con la chica de la instantánea y su lujuriosa mirada hacia el grácil bocatita de Jabugo?, pensé por un momento. Y continué leyendo tratando de encontrar la respuesta: “Uno de los alimentos que se permite prácticamente a diario con la dieta del bocadillo es el pan. Yo no incluyo la palabra bocadillo en mis menús, explicaba Terica, pero por alguna razón que desconozco, todos los pacientes optan por hacerse uno”. Con jamón serrano, con jamón de York, con queso fresco (¡es que estamos en España nenaa!…) “De hecho, yo insisto en que el pan cunde más en un montadito, unos canapés, de acompañamiento...”. “La clave es no amargarse la vida”, proseguía la boticaria metida a dietista. “Si una persona tiene ansiedad por algo dulce, se pueden tomar unos caramelos. Si come todos los días con vino, realizo la combinación perfecta de forma que pueda seguir tomándolo”… “Además, hay unos “días libres” en los que se puede beber y comer lo que se quiera”.

Así que al final de todo el final, de aquel final, entre tanto bocadillo, montadito, perrito o lo que se terciase, no encontré respuesta lógica ni a uno solo de mis interrogantes. Por lo que acabé concluyendo que seguramente se trataría de algún tipo de ley de probabilidades nutricional o de un simple problema de cálculo matemático de masas y cuerpos, con casillas en blanco donde colocar números de forma aleatoria, por días… tipo sudoku ¿¡Sí!? Y es que lo del bocata de jamón, los caramelos, el quesito, el vinito, las patatitas, los huevos, la pasta, el tomate frito, el cola cao… y demás alimentos incluidos en aquel ejemplo de menú, eran para mí totalmente contrarios al significado de los términos dieta o adelgazamiento. Por otra parte, ¡un problema real para muchos!

Y es que, ¡bien es cierto!, la época estival se caracteriza por los intentos de búsqueda, para muchos, del cuerpo diez (chic@s bollicao, zumosol o danone…) Mas, así como codiciado es el hecho de poseerlo, lo es también alguna que otra publicación al difundir en sus primeras páginas amplios reportajes dedicados a crear falsas ilusiones y esperanzas entre sus lectores. Expectativas que en ocasiones derivan en serios riesgos y peligros para la salud de aquell@s que siguen sus recomendaciones a pies juntillas. Tipo “Biblias de la alimentación”. Me estoy refiriendo claramente a las mal llamadas DIETAS MILAGRO como la de la cuajada, col, alcachofa, de los cinco días, del astronauta, del ayuno, quemagrasas, drenante, hipocalórica, oriental, de autor (de Montignac para adelgazar en comidas de negocios, Atkins, Mayo, Stillman, Dr. Hay), de nueva generación, holíticas, vegetarianas…

Privaciones alimenticias, que especialmente durante el verano, contrastan con la amplia variedad de fiestas gastronómicas, propulsoras del engorde y las pistoleras cañís, en nuestra geografía. Jornadas de exaltación de alimentos de todo tipo, como la carne estofada, el cordero, el arroz con leche, el cerdo, la lamprea, el churrasco, los champiñones y las setas, los grelos, la miel, el queso, los dulces, el vino, el aguardiente, la patata, los chorizos, las uñas de cerdo, las peras, el carnero, el cocido, el congrio, el longueirón (un tipo de molusco), la navaja, la almeja, la centolla, el percebe, el pan, el pimiento, el pulpo, el rodaballo, la sidra, la tortilla, el berberecho, la empanada, el mejillón, la paella, la castaña o el chocolate entre otros muchos. Orgías erótico-festivas en las que Galicia, como excepción a toda norma, está a la vanguardia, y de las que a diferencia de otros pueblos y naciones podemos disfrutar durante todo el año. De hecho, si por algo somos conocidos los gallegos, y en general los españoles por todo el mundo, es por nuestro amor a la fiesta. Sí Señor, ¡arriba el cachondeo!

Así que no es de extrañar que cuando uno abandona la península, sea por el motivo que sea, se dé cuenta de inmediato de todo aquello a lo que va a tener que renunciar…A sus gentes, sus paisajes, el clima –envidiado por mundo y medio–, la comida, la limpieza, “el botellón”, nuestra “tele-basura”, nuestro clásico “cine de barrio” o la joven “versión española”, el “carné por puntos”, nuestras “magníficas carreteras”, “los Reyes y sus guapísimos hijos y nietos”, “Zapatero, Rajoy, Aznar, Fraga, Marujita Díaz, Sara Montiel o la Pantoja”… Pero ¿y lo más importante?, ¿y nuestro castellano?

A principios de este verano viajaba a Irlanda por cuestiones laborales (¡y para practicar el inglés, valeee!, ¡síííí! ¡Que no sabemos idiomas!) Fueron ocho semanas en total. Dos mesecitos. Qué recuerdos… ¡Maravillosos! La gente –tan amable y dicharachera, tan poco cotilla– la comida, el paisaje –similar al gallego, con sus vacas, sus ovejas y sus toxos por todas partes–, la cultura –de las fiestas particulares y la botella. Bueno, de las litronas de cerveza–, la prohibición de fumar dentro de los locales públicos (lo siento por los fumadores, pero para los que no fumamos no sabéis lo que significa llegar a casa después del fin de semana o de una tarde de compras con cafetito incluido, con la ropa impecable, sin olores…), la seguridad en las calles, la educación, la sexualidad, el libre pensamiento –sin cortapisas éticas, religiosas o políticas–…

Pero, a lo que iba. Durante esos dos meses lo que más eché de menos en mis ratos libres fue su compañía. Sí, la de los LIBROS. Y no la de cualquier tipo de libro, porque por leer, en inglés leía todo lo que pillaba por banda, incluidos los catálogos de ofertas de los supermercados. Me refiero a nuestros libros, los escritos en español, aquellos que contienen además de una historia, ¡claro está!, nuestras expresiones, el carácter latino, nuestra forma de ver y entender la vida… Para que me entendáis un poquito más he de confesar que ¡cuando estoy en España echo de menos estar fuera, y cuando estoy fuera echo de menos estar en España! Extraño, ¿no? Siempre me pasa. Es así. De ahí esta muestra, para algunos puede que exagerada, de morriña; de nostalgia por la tierra.

¡Pues eso!, ¡que me hacían falta libros! En las librerías irlandesas los únicos que encontraba eran diccionarios de inglés-español para estudiantes. Así que no me quedó más remedio que echar mano de mis amigos españoles en la isla y de Internet. ¡Todo un descubrimiento, el de ese espacio virtual, en el que millones de títulos penden de un hilo imaginario para que personas como tú o como yo les echemos el guante gratuitamente, desde cualquier parte del universo!
Los por mi apresados durante este tiempo fueron: La próxima vez de Marc Levy, A orillas del río Piedra, me senté y lloré de Paulo Coelho, El principito de Antoine de Saint-Exupéry –un clásico– , El príncipe de la niebla de Carlos Ruiz Zafón y El escándalo Modigliani de Ken Follet. ¡Vaya popurrí! Aunque alguno de ellos altamente recomendable.

Así que entre tanto régimen de adelgazamiento y tanta fiesta gastronómica, entre tanto viaje –vacacional o de otro tipo– y tanto libro, no me quiero ir sin haceros una recomendación para este verano. Se trata de una fórmula infalible. El MÉTODO DE LA NO DIETA. Un planteamiento efectivo, práctico y sencillo para ser feliz durante estos meses sanamente y sin renunciar a lo divertido. Sin sacrificios, haciendo las cosas de forma diferente. ¿Os animáis? La clave está en leer la etiqueta de los alimentos. Solamente leerla. ¿Entendéis? Y a vivir que son dos días, tres, cuatro… ¡o los que sean!

¡¡¡Feliz verano para tod@s!!!


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