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Maribel Carbonell
Romeo y Julieta es la primera tragedia urbana y contemporánea de Shakespeare. Escrita en torno al año 1595, y basada en un poema narrativo en versos pareados de Arthur Brooke, aparecido en 156. Shakespeare marca con esta obra dos importantes vías en su dramaturgia: el emplazamiento italiano y el relato de historias de amor fatal, inspiradas unas en parejas reales de la Antigüedad –Troilo y Crésida, Antonio y Cleopatra– o personajes de fábula –Otelo, Cimbelino–, aunque en esta última las asechanzas y pócimas venenosas conducen a un final feliz. La singularidad y atractivo de Romeo y Julieta radica en el lirismo, en el comportamiento de los dos protagonistas y en la versificación rimada, más de una vez en forma de soneto. Otro rasgo notable son sus brotes de infantilismo sentimental, que hace de esta tragedia uno de los testimonios más conmovedores de la pasión adolescente (la Nodriza en el acto I, escena III, señala que Julieta, aun siendo casadera, no ha cumplido 14 años). Todo es atropellado y fugaz, intenso y veloz (el planteamiento, nudo y desenlace ocupan tan sólo cuatro días), irreal pero doloroso en la historia narrada, hasta el punto de que la trascendencia que en la trama tienen los estados de sueño inducido, catalepsia y resurrección de muertes ficticias, crea una atmósfera predominantemente onírica. La tragedia de Romeo y Julieta es la fantasía de dos adolescentes que viven su amor de noche, como en una ensoñación, y a los que la luz del día despierta con un principio de realidad para ellos incomprensible y a la postre fatídico. Romeo, el heredero del apellido Montesco, acude enmascarado en la escena V del acto I a la fiesta nocturna de la familia enemiga, los Capuleto, con la esperanza de ver a Rosalina, a la que corteja sin éxito; allí descubre a Julieta, por quien siente una súbita atracción que ella responde, aceptando el beso que el aún desconocido muchacho le da amorosamente. Poco después según el transcurso temporal, aunque ya en el acto siguiente, Julieta, conociendo ahora la personalidad del joven que también a ella le ha enamorado, sale al balcón del dormitorio para expresar en voz alta sus sentimientos; Romeo, que ha logrado colarse en el huerto que rodea la mansión de los Capuleto, la oye y responde, produciéndose al principio un doble soliloquio cruzado de los amantes, resuelto en la atrevida declaración de Julieta sobre el asfixiante corsé de los nombres, que luego comentaremos. La escena (que junto al segundo amanecer de la pareja en el jardín , acto III, escena V, y la despedida sucesiva de los suicidas en el panteón, poco antes del desenlace, ha entrado en el canon de la mejor poesía amorosa) termina con las primeras luces del alba , y está marcada por las imágenes nocturnas: “el manto de la noche”, “el velo nocturno cubre mi rostro”, “no jures por la luna, por la inconsciente luna”, “qué dulce suena en medio de la noche la voz de los amantes”. Pero no sólo por esas imágenes. Cuando aún ignora que Romeo la está escuchando, Julieta se enfrenta con encono a los apellidos que les separan, proponiéndole a su pretendiente, al final de ese encuentro furtivo, que, desprovistos de toda identificación y “persona” , ajenos a las responsabilidades que el día obligue a desempeñar, sean ambos como pajarillos inocentes y juguetones. Romeo asiente y se despide de Julieta dando voz a un nuevo deseo de ir a buscar refugio en la pura inconsciencia: “¡Quién fuera sueño y descanso, para reposar tan deliciosamente!”. Es propio del espíritu juvenil negarse a encerrar las cosas en denominaciones fijas y no querer someterse a las formalidades de una identidad definida, y también de esa extralimitación o escape de lo real trata la obra. Sobre los nombres se hacen juegos lingüísticos (escena IV del acto II), pero no hay que olvidar que el desencadenante de la tragedia es, por así decirlo, onomástico. “Solo tu nombre es mi enemigo”. Con esas palabras arranca Julieta el bellísimo monólogo antes mencionado, en el que compara el valor simbólico, de un nombre, con el peso infinito del cuerpo amado: “¡Oh , sea otro tu nombre! ¿Qué hay en un nombre? Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquier otra denominación. De igual modo, Romeo, aunque Romeo no se llamara, conservaría sin este título las raras perfecciones que atersor. ¡Romeo, rechaza tu nombre, y, a cambio de ese nombre, que no forma parte de ti, tómame a mí toda entera!”. Es uno de los grandes textos de la sensibilidad prerromántica, y en él se dan los componentes de dicho temperamento artístico: invocación constante de la noche, el imposible amoroso impuesto por caducos preceptos sociales, la poética de lo fúnebre, mezcla de lo trágico y cómico, lo más elevado con lo más bajo, el amor ideal y la lubricidad descarada. Y está por supuesto, la resolución de la tragedia en la cripta de los Capuleto, con el combate nocturno entre Romeo y Paris, la herida mortal de éste, el suicidio de Romeo y el despertar de Julieta, con su desesperación y muerte también suicida; en todo este final destacan las exclamaciones necrofílicas de los amantes, otro rasgo que aún acerca más la obra al prerromanticismo.
Encerrada en el hortus conclusus del palacio, en su
corta edad, en las convenciones de un orden familiar y matrimonial,
Julieta, desde el primer momento en que ve a Romeo, se precipita
a vivir un “romance”, que hay que entender en este
caso según la literalidad del término inglés
(historia caballeresca o galante). Y así, La tragedia
de Romeo y Julieta, discurriendo entre el ensueño
erótico y el encuentro gótico (escena I del acto
IV, prueba que la muchacha se dice dispuesta a pasar en caminos
infectados de ladrones y ponzoñosas serpientes, en osarios
y fosas recién cavadas, con tal de no casarse con Paris)
acaba por ser el relato de cómo un amor físicamente
imposible se puede realizar por medio de la encendida palabra
amorosa. William
Shakespeare, Romeo y Julieta. Ed. Alianza. Prólogo
de Vicente Molina Foix. |
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