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| UNA BODA
Y DOS FUNERALES |
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Escribe casualmente Carlos Herrera en una de sus columnas dominicales del mes de marzo para el Semanal sobre el realismo mágico y cuenta que aunque fue el crítico de arte alemán Franz Roh el que acuñó el término tratando de explicar la pintura realista, fue sin embargo Alejo Carpentier quién lo definió en su obra El reino de este mundo. “El equilibrio entre la atmósfera mágica y lo cotidiano, la frontera entre lo real y lo irreal, el carácter fantástico de la vida común…” ese es el realismo mágico, un arte narrativo en el que han apoyado su obra personajes de las letras como Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez. Y es que de hechos reales colmados por circunstancias increíbles está el mundo lleno. Y los motivos de la inspiración están a veces tan a pie de puerta que lo único que esperan es a buenos narradores que sepan trasladarlos al lector. Precisamente de uno de estos “fenómenos de la naturaleza” habla Herrera con todo lujo de detalles: “Lola Álvarez, periodista andaluza, española y americana me contaba que su aterrizaje boliviano- donde sería directora y salvadora de la ATB, Red Nacional de TV de Bolivia, propiedad del Grupo Prisa- le sirvió para entender de un plumazo todo el cargamento surreal o irreal de aquellos predios tan hispanos y tan lejanos a la vez. Quiso la sevillana arreglarse la cabeza, entiéndase peinarse, y acudió a la única peluquería de aquella remota población a la que había viajado a negociar no sé qué con no sé quién. Le dijeron, después de lavar y cortar, si también quería secado. Dijo Lola que sí y la dueña, apartando las delgadas lenguas de plástico que hacían las veces de cortina de su puerta, silbó con los dedos la llamada a su ayudante el secador. Acudiera éste y, ante el pasmo de la española, la invitó a montarse en la parte trasera de su motocicleta: el secado, evidentemente, consistía en dar varias vueltas a la plaza del pueblo a la suficiente velocidad como para que el pelo se desprendiese de la humedad. Aún le preguntaron si era tan amable de sostener un palo con el que ahuyentar a los perros que, ora ladro, ora muerdo, seguían el recorrido de la moto entre el gran alboroto. Y ahí la vieran a ella, sentada a la antigua, rodeando con un brazo al motorista y con otro espantando perrillos, dando vueltas a una plaza en tanto se le iba secando el pelo”. Reflexiones aparte sobre ciertos aspectos insólitos de la vida y ciñéndonos estrictamente a la premisa de que “la realidad está ahí fuera esperando tan sólo a que uno de nosotros sea capaz de trasmitirla al resto”, si observáramos con detenimiento lo que a diario acontece a nuestro alrededor, seguro que para más de un cuento de este género tendríamos. Como ejemplo quedémonos con la trilogía informativa que durante incontables días ha mantenido en ascuas a medio mundo y de la que han sido protagonistas el difunto Papa Juan Pablo II, el post-difunto príncipe Rainiero de Mónaco y los incombustibles amantes Carlos de Inglaterra y Camila Parker Bowles. “Esta serie de catastróficas desdichas se desencadenaba de forma “inesperada” a las 21:37 horas del 2 de abril de 2005 en Ciudad del Vaticano (Roma), momento en el que su santidad el Papa Juan Pablo II abandonaba este mundo para pasar, se supone, a otro mejor. A partir de ese instante, Rainiero III, convaleciente en un hospital del principado desde tiempo inmemorable, se convertía en el segundón, en el suplente de una larga carrera de fondo con destino “Descanso Eterno” teniendo que ceder honores en el podium por breve, y sólo breve espacio temporal, al santo padre. ¿Por qué, de no haber sido así, qué medio hubiese sido capaz de dar total cobertura informativa a su fallecimiento? Una conclusión a la que llegaban también Carlos y Camila en Buckingham Palace, quienes finalmente se veían obligados a posponer su boda en aras de lograr la asistencia al evento de algún que otro destacado personaje de la realidad internacional. ¡Excluidos sectores Dianistas, evidentemente! ¡Qué paranoia! Ironías al margen, lo único que faltó, fue que al igual que ocurriera en su día con Pío XII, el cuerpo del hasta ahora Máximo Pontífice de La Iglesia Católica Juan Pablo II, comenzase a descomponerse antes de lo previsto como resultado de un deficiente proceso de embalsamamiento. ¡Habría sido una locura!”. Locuras tan irreales como las del 11-S en Nueva York, 11-M en Madrid, el tsunami tailandés, la “inevitable” Guerra de Irak y sus consecuencias, el incremento de los casos de malos tratos en nuestro país, el debate sobre la eutanasia, los comas etílicos de fin de semana de “niñ@s” entre los 13 y los 16 años, las muertes por pandemias en el tercer mundo, la erradicación del chabolismo, las drogas, el alcohol, nuevas profesiones como el “famoseo” con las que se gana mucho dinero a costa de todo, trapicheos políticos, vendidas de moto… “Empiezo a conocer las primeras noticias en el AVE con destino a Madrid, allí me dirigía a dar una charlas (…), viajaba solo en el tren. Cuando se produce la primera llamada del director de El Mundo, el tren avanzaba inmerso en una zona sin cobertura (…). Pedro J. Ramírez me decía que era posible que hubiera ocurrido la desgracia pero tampoco podía confirmarlo, su recomendación era la de aguardar hasta tener más datos. Así llegué a Getafe (…). En ese momento no me planteaba regresar a Córdoba porque no había confirmación de ninguna noticia. También influyó otro factor a tener en cuenta: los responsables políticos, cuando tenemos una obligación, nos comportamos como los toreros y los actores. La actitud puede parecer quizás inhumana, pero en ese momento entendí que en el cine había gente que esperaba mi presencia, y yo tenía que ir (por ellos). El acto no empezó hasta que tuve la confirmación de la muerte de Julio (…). Fue finalmente Pedro J. Ramírez quién terminó dando la peor noticia que pudiéramos escuchar. Mientras, la gente que acudía al local se enteraba porque otros les informaban de lo que había ocurrido en Irak con mi hijo. Después de conocer la demoledora realidad, entré en el auditorio y me senté en el lugar que me correspondía para dar la conferencia; la gente empezó a aplaudir de forma espontánea cuando me vio. Ante un patio de butacas lleno (…) dije (…) “Malditas sean las guerras y los canallas que las apoyan”. A partir de ese momento, era evidente que no iba a continuar con la conferencia teniendo a mi hijo muerto”. Así relata Julio Anguita en su libro Corazón Rojo. La vida después de un infarto la muerte de su hijo Julio A. Parrado, durante la cobertura informativa para el diario El Mundo de La Guerra de Irak. Un hecho acontecido en un campamento de la III División de Infantería, al sur de Bagdad, como consecuencia del impacto de un misil lanzado, posiblemente, desde el vecino pueblo de Hililla. Julio A. Parrado fue consciente en todo momento del peligro de la acción militar que preparaba el ejército norteamericano, pero aún así optó por quedarse en el campamento base, lugar en dónde finalmente se produjo la tragedia. Y si todo esto no es realismo mágico, tal y como afirma el periodista Carlos Herrera en su columna dominguera del El Semanal sobre el tema, “que baje Dios y lo vea”. Estoy totalmente de acuerdo con él.
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