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(EL HOMBRE QUE NO SABÍA SI TENÍA)
DINAMITA EN LOS PUÑOS
Miguel Torres no tenía la menor duda de que sus gustos eran perfectamente heterosexuales: le gustaban la carne poco hecha, las películas de guerra, las mujeres, el fútbol, el coñac barato, un poco el rockabilly y, por supuesto, el boxeo.
De hecho, cabría decir que el boxeo era su espectáculo favorito, con excepción, quizá, del de mirar a una chica con vaqueros ajustados bailando rumba.
Miguel Torres estaba entrando en la adolescencia cuando boxeaban Cassius Clay, Pedro Carrasco, "Sombrita" y Urtain, pero, a pesar de la distancia, se acordaba muy bien de ellos. Podía citar enfrentamientos memorables y su resultado: Folledo vs. Lazslo Papp: victoria del segundo a los puntos; Pedro Carrasco vs. Mando Ramos y los sucesivos tongos, y cosas así.
Miguel Torres no había asistido nunca a un combate de boxeo en la realidad, pero treinta años de telespectador le habían dado la posibilidad de ver una enorme cantidad de combates y, por ello, de adquirir la sensación de que entendía bastante.
Desde luego que alguna vez había pensado en ir a un gimnasio y practicar un poco, pero siempre había desechado la idea porque, en el fondo, ir a un gimnasio de boxeadores le parecía cosa de gente canalla, como ir a las salas de billar o a un "tablao" flamenco. Hombre masculino, por supuesto; pero, ante todo, decente y un caballero. Pese a todo, tenía sus sueños: por ejemplo, había decidido que si algún día boxease, usaría la guardia cambiada, de zurdo. Miguel Torres no era zurdo pero sabía lo difícil que era boxear contra alguien con la guardia cambiada; pensaba él que ya que no tenía guardia de ninguna clase, le daba igual empezar a aprender la cambiada y así acostumbrarse.
Otro problema tonto era que Miguel Torres no le había dado un puñetazo a nadie en toda su vida. Muchas horas de espejo practicando cómo repeler una agresión, sí, pero lo que se dice darle un puñetazo a alguien, no había tenido oportunidad.
Eso le contrariaba porque, a los 45 años no sabía si era o hubiera podido ser un pegador, un hombre con la mano pesada, un tipo con dinamita en los puños. Un killer.
No, señor; eso, no lo sabía.
Claro está que el problema podría parecerle baladí a cualquiera que lo considerase desde lejos: ¿cuánta gente ignora el potencial de su pegada?, ¿cuántos campeones del mundo en potencia se han perdido por no haber boxeado nunca? Muchos. O por lo menos, varios.
Miguel Torres había racionalizado el problema. Echaba la culpa a la España que le había tocado vivir: una España en la que ya nadie se pegaba con nadie. En las escuelas, los problemas del patio se solventaban con un chivatazo al maestro de guardia ("Fulanito me ha llamado gordo", ya saben) y no por el modo directo de los viejos tiempos. Ya nadie se pegaba con nadie; como queriendo decir las personas normales, no los delincuentes, claro.
Miguel Torres sostenía que los educadores y los miembros de la Sociedad Protectora de Animales habían acabado con el instinto depredador de los seres humanos. Y eso no podía ser bueno.
Por eso, el asunto era mucho más que saber si con sus puños sería capaz de derribar a alguien de 70 kilos (él pesaba 67); el asunto era si sería capaz de usar sus puños para resolver un problema o si sus instintos reconducidos le llevarían a buscar un guardia y poner una denuncia en la tesitura de tener que defender sus derechos.
El asunto le comía por dentro.
No siempre, claro; Miguel Torres no estaba todo el día pensando en eso. No; pero sería faltar a la verdad si no se dijera que, a veces, cuando iba conduciendo su coche, le asaltaba esa duda mientras el imbécil que se le había cruzado sin poner el intermitente le miraba con displicencia ante su airado toque de claxon. Así, una y otra vez.
Miguel Torres, por fin, decidió hacer una prueba: venciendo sus anteriores reticencias, fue a inscribirse al gimnasio Apolo que estaba cerca, en su barrio, y, a favor de la corriente de la moda del ejercicio, se calzó por primera vez unos guantes de boxeo.
Era un día 17 de junio y los guantes eran azules.
Antes se había tirado más de media hora haciendo abdominales y aprendiendo los mínimos rudimentos de la esgrima frente al saco de arena.
Uno, dos. Uno. Uno. Eso es, lanza el jab. Uno, dos. Ahora en serie: uno, dos tres, cuatro. Uno.
Sudaba ya profusamente, cuando el veterano que dirigía el gimnasio le dijo la frase que más anhelaba - y temía, sí - escuchar:
-Vamos a ver qué tienes dentro. Vas a hacer un poco de guantes con El Mono.
El Mono resultó ser un tipo guapo, así que Miguel Torres empezó a temerse lo peor sobre su apodo.
Al principio el Mono le iba ayudando: fíjate cómo te meto el jab, gira sobre mi puño, cúbrete abajo, etc.
Miguel Torres tenía buenas sensaciones y empezó a soltar tímidamente la mano derecha -estaba poniendo la guardia cambiada- y a doblar con la izquierda abajo, en una combinación de auténtico principiante. El Mono le dejaba hacer (al fin y al cabo, Miguel Torres era un pureta de más de cuarenta tacos) hasta que empezó a devolver un directo de derecha a la mandíbula cada vez que Miguel Torres le enviaba una izquierda al hígado.
Dicen los que saben que en el hígado no las toma nadie, pero al Mono lo único que parecían producirle aquellos golpes era cabreo.
Los directos al mentón, sin embargo, empezaron a crearle a Miguel Torres una envoltura de algodón alrededor del cerebro y en ese estado de silencio lento y blando decidió dar un giro estratégico al combate y fiar su suerte a un único golpe, a un uppercut de izquierda que acabaría con el Mono en la lona a pesar de las protecciones.
Lo empezó a ver en la cámara lenta cerebral que todos tenemos desde que somos telespectadores y, lentamente también, le vino la voz del comentarista. Una voz un poco chillona pero cargada de buen juicio y sabiduría; esa voz que también llamamos conciencia o flujo de conciencia o, ya en pleno despliegue de luz y color, monólogo interior en tercera persona, digamos.
"El Mono está boxeando a la contra, completando el trabajo de demolición que empezó en el primer asalto, mientras que Miguel "Dinamita" Torres empieza a basar su estrategia en conectar un solo golpe, en conectar una contra en medio de esas series que le manda el Mono..."
Miguel Torres acortó la distancia y mandó un golpe al plexo solar con la mano derecha; el Mono bajó su izquierda y lo bloqueó; simultáneamente el "Dinamita" Torres le manda un gancho corto al hígado que el Mono detiene bajando su mano derecha e iniciando un gancho de izquierda...
Durante medio segundo, o acaso menos, la cara del Mono está a la distancia justa de la mano derecha de Miguel Torres...y Miguel Torres no desaprovecha esa ventaja: saca un terrorífico uppercut que se estrella violentamente en la mandíbula del Mono.
Pero nada.
El Mono se queda tan campante y continúa bailando a Miguel Torres que, de repente, ha comprendido que no tiene dinamita en los puños y se cansa de manera inmediata.
Levanta los brazos en señal de abandono, resuella, le hace una carantoña al Mono, le gotea el sudor por la punta de la nariz y se dirige con la toalla al cuello hacia las duchas mientras Kid Lejía, el veterano boxeador que regenta el gimnasio, lo mira con cierta sorna y menea la cabeza en un gesto de conmiseración.
El agua cae sobre la cara de Miguel Torres que tiene los ojos fuertemente cerrados por miedo a la espuma del champú. El suelo de la ducha es áspero y, psicológicamente, eficaz: si fuera resbaladizo, daría miedo coger hongos. Miguel Torres reflexiona sobre lo que acaba de pasar. Piensa que no debía haber buscado el K.O. Mejor hubiera sido haber castigado poco a poco a su rival. Nada de K.O.s rápidos en el futuro: técnica. Estrategia. Cerebro. Por cierto, hace tiempo que Miguel Torres no juega una partida de ajedrez y, de pequeño, no se le daba mal del todo. Se pone a pensar en ello mientras se seca con la toalla tan áspera que le ha puesto su mujer en la bolsa de deporte.
A los 45 años de su edad, Miguel Torres no conoce los límites de su mente y de su cuerpo.
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