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Jorge Lucio Do Campos

EL MUSEO DE LA NOCHE
a René Magritte
1
He aquí la agua
en que la
 
boca arponea
un celacanto
 
en la infraluz
de tus cabellos
 
constelados
por el zinco
 
de las sábanas.
2
He aquí el tiempo
de una sombra
 
caxemira en
la medianoche
de tus senos
 
de ennui
en negro
y blanco.
 
3
He aquí el resto
de una luna
 
entristecida
–ya sin color –
 
sólo manzana y
andalucía.

VÍA LÁCTEA

Tela de la noche:

luna-esfera que

se escuende

Suponer la

lluvia que

no cae?

MIGRACIÓN MODERNA DEL ESPÍRITU

a José Clemente Orozco

 

Dentro de las tinieblas que toman de asalto mi vida, no veo otra alternativa que brillar intensamente. Pues es así que las cosas son: por más que usted se empeñe en un acto de inútil apagamiento o mimetismo de las pistas, lo que brilla es lo que cuenta, sea un cualquier o mismo el sol o la luna o un escarabajo en medio tono o la brisa herrumbrada que nos llena la piel de garabatos o los espacios entre los astros dibujando un nuevo cielo fosforescente.

Por eso, de ahora en adelante, trataré de reunirme a ellos: me expondré sistemáticamente a la luz, de modo a incorporarla a mí mismo. O mejor: tentaré fabricar la mía propia, expulsar de mí lo que es negro e inebriado por la nueva condición, hacer vaticinios, dar declaraciones bombásticas, volver a trazar el curso de la historia y eso bien antes de tornarme prisionero de mi factoide, de mostrar como es fatal el brillo forjado.

 

COMO AGUA EN AGUA (Segunda versión)

a Jorge Luis Borges

 

La madrugada en Dynnik acostumbraba ser impiedosa. Por lo que dicen, en ella todo congela: hasta los humores más íntimos, mismo los mocos y las lágrimas... Lo que significa decir que llorar para los nórdicos de aquel lugar es una acción inútil, un verdadero desperdicio si el hecho que lo motive fuere nocturno.

Cuando fuimos para la cama, ya habíamos hecho el amor seguidas veces en el  jardín de invierno, en la sala de estar, en la cocina... Después de tomar algunos tragos de ginebra y conversar un poco sobre la vida, notamos que anochecía y desnudos, como estábamos, percibimos lo cuanto eso era amenazante.

Puse sobre nuestros hombros una piel de armiño que yo comprara en la quermese de Kragerö. Nos acostamos de lado de modo a vislumbrar, por la ventana, el monte Yunni que, en aquella época, acostumbraba a estar más albo que nunca, verberando en el panel de la noche. Comencé a besar, suavemente, su nuca y sus espaldas y, a cierta altura, volviendo su rostro hacia mí, contemplé su mirada eslava, asustadoramente azul.

Y fue así que adormecimos acompañando el movimiento pendular de la luna. Era posible sentir que ella descendía, despacio pero decididamente, sobre el villaje como una gran esponja a sorber todo el blanco viable de existir allí: lo de nuestros dientes, lo de nuestras uñas, lo del propio tapete de nieve que se extendía, indefinidamente, a lo inesperado de las montañas.

Solo en la mañana siguiente es que nuestros cuerpos, endurecidos y quebradizos, fueran hallados. Estaban tan firmemente encajados uno en el otro que no se consiguió separarlos en una primera o segunda tentativas. A ejemplo de nuestros ojos –que aún se miraban– los corazones también batían, quizá tentando decir algo sobre aquella noche inolvidable. Palabras dulces, pero silentes. Imposible saber cuales eran...

 

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